ESTAMPAS CUBANAS
Foto
Por: Ciro Bianchi
       1 de septiembre de 2011                

                                             

                                                                           No somos nada

Cuando yo era niño un velorio era todavía un velorio. Un acto revestido de solemnidad aunque no faltase en ninguno de ellos el chistoso de guardia a quien los reunidos escuchaban sus pujos a falta de algo más interesante que hacer. Entonces, tan pronto se conocía la noticia de la muerte de un conocido, amigos y vecinos se aprestaban a “cumplir” con el difunto. Las mujeres  vestían de negro y aquel que andaba siempre en mangas de camisa casi agradecía la oportunidad para volver a lucir el traje, un trajecito de entretiempo, de apéame uno, pero que todavía daba el plante. O la  guayabera de hilo, con la infaltable corbata de mariposa, muy cómoda porque venía  de fábrica con el lazo hecho.  En ese tiempo, “por cumplir”, la gente se pasaba la noche entera en la funeraria, aunque tuviera que escucharle una y otra vez a los dolientes el relato pormenorizado de los días pasados en el hospital, la lenta agonía y  los esfuerzos vanos del médico por prolongarle la vida. Menudeaban frases como “no somos nada”  y otras que recordaban lo efímero de la existencia  y no era raro que alguien  aludiera una y otra vez  a lo vivito y coleando que andaba el difunto antes de morirse. Los familiares no reprimían los ayes ni las lágrimas ante cada expresión de pésame que se acompañaban con besos, abrazos y sonoros manotazos en las espaldas  y el silencio y la tranquilidad del lugar se rompían de cuando en cuando con manifestaciones de dolor mal contenidas. Desmayos. Subidas de presión. Calmantes, tazas de café y juguitos. Cuando los funerarios se disponían a llevarse el ataúd uno o más familiares se abrazaban a la caja como si abrazaran al muerto mismo.   “No, no se lo lleven”, decían a voz en cuello.  Pero era la hora y  había que llevárselo.

            No era lo mismo un velorio en  Caballero que en  Maulini o en Fiallo.  Pobres y ricos seguían divididos al borde de la tumba. Y en la tumba misma.  La muerte tenía también rango y clase  y el servicio fúnebre se pagaba en consecuencia. Existía el término medio, que era el que brindaba la funeraria Nacional. Los funerarios de medio pelo  o sus agentes recorrían clínicas y hospitales para enterarse de  quién en ellos estaba a punto de fallecer  e ir enamorando a los familiares a fin de que  no se les  escapara el negocio. Un negocio que  se disputaban en ocasiones   ante un  cuerpo todavía caliente. Pese a las diferencias y aunque el muerto no protestara,  lo mismo daba un velorio en Rivero que en Luyanó o en Oliva: el entierro no salía hasta que no se pagara el funeral. No valían súplicas ni promesas. Y había zonas  en el cementerio. Según la ubicación de la bóveda,  así era la posición  económica del muerto. Una necrópolis que reproducía  en sus cuadros y en el lujo de los panteones  la ciudad de los vivos, con su Country Club, su Miramar, su Vedado,  su Lawton, su Llega y Pon…

Si en los velorios de hoy se ve pasar a veces una botella de ron, y más de una también,  comer era práctica habitual en los velorios de antaño. Nunca he visto comer en un velorio, pero sí asistí de niño a algunos que tuvieron lugar en la propia vivienda del difunto. Se contrataban los servicios de una casa fúnebre, que ponía el ataúd, las velas, el crucifijo y  el carro, y los dolientes  pedían sillas prestadas entre los vecinos. Y he visto también como ya tarde en la noche uno de los familiares cercanos al muerto va midiendo con cordeles a los más jóvenes de la casa para echar después las cintas en el ataúd.

En los años 20 y 30 hubo en La Habana un funerario célebre en lo que al velorio casero se refiere. Se apellidaba  Raola. Ya desde mucho antes existían funerarias en esta capital. Caballero, por ejemplo, se fundó en 1857, en Centro Habana, y allí estuvo hasta que en los años 40 o quizás antes se trasladó para  de 23 y M. Y ya que sobre esto  hablamos, recuerdo  la ocasión en que en Santiago de Cuba, sin tener donde dormir, pasé toda una noche, con mis bártulos de reportero errante y casi vagabundo, en la funeraria Bartolomé.

            No digo que el dolor por la pérdida de un ser querido sea hoy menor, pero la muerte, “algo que diariamente pasa”,  se ve de otra manera. Hoy los velorios se han simplificado. A veces no duran las 24 horas que antes se hacían de rigor. Palabra esa exacta para una mala noche. Son pocos los que pasan la noche completa junto a un muerto pues con el pretexto del transporte, “que está pésimo”,  o de compromisos ineludibles en la mañana siguiente, a las once, a más tardar, empieza la desbandada. De los que “cumplieron” porque muchos se hacen el chivo loco y ni por la funeraria se portan por estrecha que fuera su amistad con el muerto.

            Habló para Radio Miami, desde La Habana, Ciro Bianchi Ross.  

 

Webmaster: María Eugenia Tomás
Técnico de Audio y Montaje: Sergio Montané
Copyright 2009. www.laradiomiami.com