REPLICA EN RADIO MIAMI
Por: Jorge G. Barata
    1 de septiembre de 2010                             

                            TURISMO PARA MILLONARIOS

Recientemente el ministro cubano de Turismo esbozó un plan para construir campos de golf que pudieran incluir residencias destinadas a la venta a extranjeros. Lo curioso es que operaciones normales para un país en el cual el turismo es la primera industria es sometida a “fuego amigo” por personas que ven en ese deporte, y en la venta de casas actividades capaces de erosionar el socialismo.

A diferencia de otras plazas, la oferta turística cubana suele limitarse a sol y mar y los anfitriones esperan que los visitantes disfruten su estancia en enclaves formados por hoteles que en otros sitios los clientes asumen como lugares para dormir, mientras la recreación, el descanso y la diversión la  realiza mediante opciones llamadas “extra hoteleras”, cuyo disfrute les permite alternar con los nacionales que, además atenderlos, interactúan con ellos

Tales ofertas en las ciudades cubanas son prácticamente inexistentes. Por razones más o menos conocidas y porque el Estado no puede concebirlo y crearlo y dirigirlo todo, no hay en Cuba comercios con ofertas típicas, los servicios gastronómicos y los productos que disfrutan los nacionales no son actos para ofertarlos a extranjeros y las posibilidades de diversión son mínimas.  

No abundan en Cuba los clubes náuticos ni hay nacionales que practiquen de modo significativo el yatismo o la pesca deportiva y, asociadas a circuitos turísticos, no existen pistas para patinaje, en hielo o cemento, no se corren caballos, perros, ni autos, no existen casinos, cruceros nacionales, no se practica la lidia de toros ni de gallos, no se juega polo, criquet, tenis, jai alai ni billar y se ejercitan poco los deportes extremos. Tampoco hay grandes parques de diversiones y las celebraciones tradicionales: navidad, semana santa, reyes magos y otras no tienen la significación a que están habituados los visitantes.

El turismo revela con particular intensidad los límites de las políticas centralizadas y de la creencia de que la cultura y las relaciones humanas pueden ser administradas, a la vez que refleja las dificultades creadas por la vigencia de estereotipos ideológicos y las limitaciones del Estado para gestionar en solitario, sin apoyarse en la comunidad y en el imaginario colectivo, el entretenimiento, la diversión, el descanso y el placer. A ellos se añaden abusivos criterios y arbitrarias disposiciones respecto a las relaciones de nacionales con extranjeros, incluso con nacionales residentes en otros países.

Referido al turismo, desde mi punto de vista lo que corresponde hacer a la sociedad civil, a los organismos de participación y al parlamento nacional, es legislar y establecer reglas, presionar a los rectores de esa industria para que no con una u otra medida más o menos aislada, sino toda la política de desarrollo turístico del país incluya a los nacionales.

En cuanto a las viviendas la anomalía no seria que,  en concordancia con las legislaciones vigentes, se vendieran a extranjeros; lo grave es que no se realicen ofertas apropiadas a los cubanos residentes en el país o en el exterior que con su trabajo o de modos legales cuenten con los recursos  necesarios para adquirirlas.

Tal vez un día la capital cubana, sin renunciar al socialismo, pueda organizar un campeonato de beisbol por invitación en el cual los Industriales de La Habana se enfrenten a los Yanquis de Nueva York, un torneo de boxeo donde nuestros campeones rivalicen con los del mundo, un festival de Salsa, Boleros o Son que atraiga a las luminarias de la música popular del mundo y la capital cubana forme parte del circuito de Fórmula Uno.

Alguna vez existió el Festival de Varadero, funcionó el Salón de Mayo; el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano es un éxito y el Festival de Cine Pobre de Gibara va camino de lograrlo. Por qué no puede el turismo sumarse a esas y otras iniciativas, aprovechando para ello la imaginación y la capacidad de gestión tanto de los artistas, intelectuales, empresarios como de cubanos de a pie.  

Por otra parte: ¿De dónde sacará el Estado el dinero para financiar las políticas sociales vigentes?, ¿cómo sostener un país que importa el 40 por ciento de lo que come y en el cual los servicios de salud y educación consumen más del 40 por ciento del presupuesto nacional? No hay muchas opciones y el turismo es una de ellas. Servir con altura, eficiencia y dignidad a quienes pagan para descansar y recrearse en actividades legítimas, cultas y elegantes, sean o no millonarios, es una forma de allegar recursos para millones.        

Atribuirle connotaciones ideológicas a un deporte o a una instalación y repudiar a potenciales visitantes o clientes porque son ricos y pueden contaminar ideológicamente a los cubanos es tan absurdo como pretender mantener a toda una sociedad dentro de una urna de cristal.

 

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