ESTAMPAS  CUBANAS
Por:  Ciro Bianchi
       10 de agosto de 2011

                                                             El vendedor de hierros viejos

           En estos días en que se reanima en la Isla el trabajo por cuenta propia renace en La Habana el vendedor de hierros viejos. En verdad, nunca desapareció del todo después de aquel 13 de marzo de 1968 cuando se erradicaron los negocios particulares y la pequeña empresa que subsistía hasta entonces en Cuba. Pero si nunca desapareció del todo, justo es decir también que este tipo de comerciante popular no abundó nunca mucho en La Habana.

            Su objeto social, por utilizar esa expresión tan en boga en Cuba en la actualidad, es la de vender todo tipo de hierro viejo, así como piezas de repuesto para automóviles y también para útiles del hogar. Pero a decir verdad el vendedor de hierros viejos es un individuo que expende cualquier pieza que caiga en sus manos y que tenga alguna utilidad práctica.

            Un pedazo de tubo, la careta de un ventilador, un trozo de cadena, un candado de cuarta o quinta mano con su llave o sin ella, tanques de metal de diversos tamaños, pero también recipientes de plástico, un buen pedazo de manguera o un rollo de alambre, una regadera para el baño,  la sifa del lavamanos, un interruptor eléctrico y un tomacorrientes, la carcaza de un teléfono celular, zapatillas de goma o de cuero, puntillas, grampas y  tornillos… figuran en el catálogo de este curioso personaje que suele establecerse en una esquina céntrica y ocupar con su mercadería el muro y la escalera de un edificio aun a riesgo de interrumpir o dificultar la entrada y la salida de los vecinos del inmueble. Inconveniente que sin embargo la gente tolera mal que bien pues sabe que en algún momento se convertirá en cliente del vendedor de hierros viejos o lo tendrá ahí a mano para que le consiga, por la izquierda, el quemador de la cocina que en el mercado estatal se niega a aparecer.

            Porque uno de los grandes misterios del vendedor de hierros viejos es su proveedor. No todo lo que expende el vendedor de hierros es precisamente viejo. Ese proveedor —llamémosle «intermediario»— está siempre en la viva; le sabe un mundo al negocio. El vendedor de hierros viejos debe permanecer clavado en la esquina a la espera del cliente, pero  como el intermediario  pasa el día en el invento con otros que están en lo mismo, sabe con exactitud en qué tiendas sacarán a la venta tal o más cual  cosa que anda perdida desde mucho tiempo antes y en cuáles de ellas ocurrirá una rebaja de precios. Sabe también el intermediario en qué casa se desarmó una cocina de gas que quieren vender por partes, dónde se sustituyeron los herrajes de un inodoro y del viejo que quiere deshacerse de los adminículos de un carro que todavía ocupan espacio en el garaje que debe quedar desocupado antes de la boda del nieto. Por eso no resulta raro que junto a sus artefactos de siempre, el vendedor de hierros viejos mercadee asimismo botellas de ambientador para el automóvil y el hogar, máquinas de afeitar desechables, veneno para cucarachas, bolígrafos, llinternas, lámparas de noche y los utensilios más inimaginables para la cocina de la casa, desde un recipiente para el horno microondas hasta una bandeja de aluminio de comedor obrero que, dicho sea de paso, ha hecho en Cuba función de antena parabólica.

            El vendedor de hierros viejos es además y a su modo un artista, un inventor; es, como si dijéramos, un componedor de batea. Remacha, desenrosca la tuerca que se niega a ceder, es un hábil soldador. Eso sí, por lo general solo trata con hombres… plomeros, mecánicos, carpinteros, gente que sin desempeñar ninguno de esos oficios está metido en alguna reparación.

            No se confundirá al vendedor de hierros viejos con el reparador de sombrillas y paraguas, que anda con su taller a cuestas. Y mucho menos con el baratillero, ya casi desaparecido en su versión de quincallero ambulante, que pregonaba su mercancía por campos y ciudades. Agujas, hilos, cortes de telas, perfumes caros y baratos… Baratilleros o buhoneros que eran casi todos de ascendencia canaria, y que no se confundirá  con el cachurrero que a caballo o a pie vendía o cambiaba almanaques, jarros de lata y hasta productos comestibles, ni con ese otro cachurrero que a la orilla de caminos y carreteras aseguraba un tentempié o comida frugal.

            El cachurrero no es el baratillero o buhonero. Que sí ha reaparecido en la Cuba de hoy con el nombre de catrero, pues se vale de un pim pam pum para exhibir y ofertar una mercancía en la que el comprador puede encontrar desde  lo que imagina y busca hasta la que no se  imagina ni necesita.

            Habló para Radio Miami, desde La Habana, Ciro Bianchi Ross.

 

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