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10 de agosto de 2011 Un poco de historia Fundada el 16 de noviembre de 1519 por el conquistador español Diego Velásquez de Cuéllar, La Habana, atravesada por los ríos Almendares, Martín Pérez, Quibú, Cojímar y Bacuranao, se extiende en la actualidad sobre más de 720 kilómetros cuadrados, acoge a más de dos millones de almas y se divide en quince municipios. La figura de San Cristóbal, patrón de la ciudad, vela por la mayor metrópoli del archipiélago, que alberga también el principal puerto nacional y constituye el centro político, económico y cultural de Cuba[1]. Según los historiadores, el cacique taíno Habaguanex dio su nombre a la capital cubana, y a la sexta ciudad que fundó la Corona española en la Isla. En la Plaza de Armas, centro político de la época colonial, el monumento El Templete celebra la fundación de la ciudad. Se puede leer en su columna conmemorativa que erigió el gobernador Francisco Cajigal de la Vega en 1754 una inscripción en latín:
“Detén el paso, caminante, adorna este sitio con un árbol, una ceiba frondosa, más bien diré signo memorable de la prudencia y antigua religión de la joven ciudad, pues ciertamente bajo su sombra fue inmolado solemnemente en esta ciudad el autor de la salud. Fue tenida por primera vez la reunión de los prudentes concejales hace ya más de dos siglos: era conservado por una tradición perpetua: sin embargo, cedió al tiempo. Verás una imagen hecha hoy en la piedra, es decir el último de noviembre en el año 1754”.[2]
Contra viento y marea La Habana supo preservar su autenticidad, a pesar de los ataques de piratas y corsarios franceses que la redujeron a cenizas muchas veces durante la primera mitad del siglo XVI, más precisamente en 1538 y 1555. En 1556, gracias a la creación del sistema de flotas para el comercio entre la Península Ibérica y América Latina, La Habana se convirtió en el primer puerto del continente. En 1561, la Corona española decidió hacer de la ciudad el centro del Nuevo Mundo y concentró allí las naves cargadas de oro, lana, esmeraldas, cueros, especias y materias primas alimenticias. Para proteger esas fabulosas riquezas, edificó defensas militares en la entrada de la Bahía de La Habana en sitios estratégicos, con la construcción de los majestuosos castillos de la Real Fuerza, la Punta y los Tres Reyes del Morro. La Habana se convirtió en la ciudad más protegida del continente, en “la Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias Occidentales”.[3] Cuando Felipe II confirió a La Habana el título de ciudad el 20 de diciembre de 1592, ya se habían edificado varias iglesias y conventos que daban un aspecto ciudadano a la futura capital. El gobernador de Cuba ya había instalado su residencia oficial allí desde hacía casi treinta años abandonando Santiago de Cuba, sede histórica del gobierno de la Isla. Conscientes de su importancia estratégica, los sucesivos reyes de España no se dieron tregua para fortificarla a lo largo del siglo XVII para disuadir a las potencias extranjeras de apoderarse de ella. Finalmente, en 1607, La Habana fue designada capital de la Isla por una Orden Real que dividió el país en dos gobiernos: uno en La Habana y el otro en Santiago, subordinando el segundo al primero.[4] Al mismo tiempo se edificó la ciudad usando madera, material disponible en abundancia en la Isla, el cual se mezcló con los diferentes estilos importados de España y más precisamente de las Islas Canarias, creando así un sincretismo arquitectónico de una excepcional riqueza y de una rara belleza, que sería la marca de fábrica de la capital cubana. Cuando en 1648 una epidemia de peste procedente de Cartagena de Indias en Colombia exterminó a una tercera parte de su población, La Habana, cual fénix, supo hacer frente a la tragedia y renacer de sus cenizas. Pudo enarbolar de nuevo su blasón –el cual la reina Mariana de Austria, viuda de Felipe IV oficializó el 30 de noviembre de 1665– con sus emblemas heráldicos, los tres primeros castillos de la ciudad La Real Fuerza, los Tres Santos y San Salvador de la Punta en forma de torres de plata en un fondo azul y una llave de oro que simboliza la puerta del Nuevo Mundo.[5] En el siglo XVII, La Habana extendió su territorio con la construcción de numerosos edificios civiles, militares y religiosos como el Hospital San Lázaro, el castillo El Morro o el Convento San Agustín, sin olvidar la Fuente de la Dorotea de la Luna en La Chorrera, el Monasterio Santa Teresa, el Convento San Felipe Neri o la ermita del Humilladero. Cuando el 6 de junio de 1762 el impresionante ejército naval británico de George Pocock con sus cincuenta barcos de guerra y catorce mil soldados atacó La Habana, los habitantes de la ciudad opusieron una heroica resistencia durante dos meses de encarnizados combates. Pero frente a la superioridad militar de Inglaterra, La Habana cayó en las manos de la Corona inglesa, que la ocupó durante once meses. En 1763, una negociación entre Madrid y Londres desembocó en la liberación de la ciudad a cambio de La Florida. Ese mismo año, después de la salida de los británicos, empezó la construcción de la fortaleza San Carlos de la Cabaña –la más importante que edificó España en América Latina– que duraría once años, con el fin de preservar la ciudad de los futuros ataques y hacer de la bahía de La Habana un baluarte inexpugnable.[6] En el siglo XIX, la ciudad se modernizó con la creación del primer ferrocarril en 1837 entre La Habana y Güines, de 51 kilómetros, construido principalmente por la laboriosa y discreta comunidad china que cuenta en la actualidad con 100.000 almas. Cuba se convirtió así en el quinto país del mundo que disponía de ferrocarril y el primero de la zona hispana. La edificación de múltiples centros culturales como el teatro Tacón, el teatro Coliseo o el Liceo Artístico y Literario transformó la ciudad en una de las referencias artísticas e intelectuales del continente. El desarrollo de la industria azucarera y del tabaco hizo de La Habana un lugar sumamente próspero, hasta el punto de que en 1863 se destruyeron las murallas de la ciudad con el fin de extender su superficie y construir nuevos edificios de toda índole. Fue en ese periodo, en 1854 exactamente, cuando se erigió el cementerio Colón, museo a cielo abierto de una riqueza arquitectónica única y la mayor necrópolis del mundo después del cementerio Staglieno de Génova.[7] En 1898, Estados Unidos aprovechó la explosión del acorazado Maine en la Bahía de La Habana para intervenir en la Segunda Guerra de Independencia de Cuba y frustrar los anhelos de emancipación de la Isla. La ocupó hasta 1902 y la transformó en un protectorado después de instalar al frente de la nación a Tomás Estrada Palma, ciudadano estadounidense y anexionista convencido que aceptó la infame enmienda Platt[8]. Durante el periodo republicano, y más concretamente en los años 30, innumerables construcciones emergieron en La Habana, con la aparición de suntuosos hoteles de lujo, flamígeros casinos y clubes nocturnos, a cual más rutilante, todos controlados por la mafia de Meyer Lansky y de Lucky Luciano con la bendición del dictador Fulgencio Batista. Basta mencionar el Hotel Nacional, una joya arquitectónica, edificado en 1930 en pleno barrio del Vedado, a unos pasos del legendario Malecón, que da a La Habana su silueta tan femenina. Monumento nacional, es uno de los símbolos de la historia, de la cultura y de la identidad cubanas. El Focsa y el hotel Habana Libre también son vestigios de la época en que La Habana era la capital continental del placer y la ociosidad, frecuentada por los grandes del mundo, de Winston Churchill a Frank Sinatra[9]. Desde el triunfo de la Revolución en 1959, Cuba ha conocido la más importante transformación política, económica y social de la historia de América Latina. No obstante, a nivel topográfico y arquitectónico han surgido pocos cambios, salvo la construcción de edificios públicos como el imponente Hospital Ameijeras en el centro de la ciudad, u hoteles como el Meliá Cohíba a partir de los años 1990, con la revitalización de la industria turística. [1] Eusebio Leal Spengler, « Historia de La Habana », Nuevo Fénix. http://www.fenix.co.cu/villa/VhistoriaH.htm (site consulté le 2 juin 2011). [2] Eusebio Leal, La Habana, ciudad antigua, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1988, p. 7. [3] José Martín Félix de Arrate y Acosta, Llave del Nuevo Mundo: antemural de las Indias Occidentales. La Habana descripta: noticias de su fundación, aumentos y estados, Comisión Nacional Cubana de la Unesco, 1964. [4] Eusebio Leal, La Habana, ciudad antigua, op.cit. [5] Luis Suárez & Demetrio Ramos Pérez, Historial general de España y América, Madrid, RIALP Ediciones, Tomo IX, p. 199. [6] Francisca López Civeira, Oscar Loyola Vega & Arnaldo Silva León, Cuba y su historia, La Habana, Editorial Gente Nueva, 2005, pp. 28-30. [7] Josefina Ortega, « La ciudad de los muertos », La Jiribilla, 2006. http://www.lajiribilla.cu/2006/n287_11/memoria.html (sitio consultado el 2 de junio de 2011). [8] Jorge Ibarra, Cuba: 1898-1921. Partidos políticos y clases sociales, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1992, p. 225. [9] Enrique Cirules, El imperio de La Habana, La Habana, Editorial José Martí, 2003.
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