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12 de julio de 2010 |
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La ley de la silla Fue en el magisterio donde, a comienzos del siglo XX, encontró la mujer la manera de ser útil a la sociedad y ganar el sustento. También se dedicó la mujer al comercio para labrarse su propio destino. Aislada y calladamente, ayudó primero al padre y al marido en la trastienda de los establecimientos hasta que poco a poco se atrevió a salir al mostrador. Otras se atrevieron más, fueron más lejos y abrieron comercios por su cuenta. Así lo hizo Ana María González, una maestra oriental, de las primeras maestras cubanas, que en los años iniciales de la centuria pasada abrió una pequeña tienda en la calle Salud. Le puso el patriótico nombre de Bazar Cuba y vendía, ya enmarcadas, ampliaciones fotográficas de paisajes rurales y urbanos que importaba de Chicago. Ana María González fue la primera mujer que, sola, se arriesgó en Cuba a una empresa comercial. Y contaba, ya al final de su vida, que en aquellos tiempos era muy mal visto que una mujer trabajase en la calle y sufrió por ello no pocas afrentas. Poco le importaron los desplantes y su pequeño bazar llegaría a ser en un momento dado la casa de arte más importante del país. A comienzos del siglo XX asimismo y por iniciativa de Emilia de Córdoba, la cubana comenzó a acceder a las oficinas del Estado, y poco a poco empezaron a ser admitidas en tiendas y oficinas privadas, siempre en desventajas con el hombre que gozaba de mayores consideraciones y recibía un salario mejor. Datos que dio a conocer la prensa revelan que en 1957 había en Cuba 256 440 mujeres que laboraban fuera del hogar, lo que representaba el 11,4% de la población económicamente activa. En esa fecha (1957) de 85 909 profesionales, técnicos y afines, eran mujeres el 40%, pero no todas ejercían sus profesiones. También en ese año, eran mujeres el 5,5% de los gerentes, administradores y directores. Y lo eran asimismo el 25% de los oficinistas; el 9,5% de los vendedores; el 1,5% de los agricultores, madereros y pescadores, y el 12,2% de los trabajadores manuales y jornaleros. El 54% de la empleomanía doméstica era femenino. Los congresos nacionales de mujeres, celebrados en La Habana en 1923 y 1925, fueron las primeras reuniones de esa índole que tuvieron lugar en la América Latina. Se debatieron en ellos problemas y anhelos propios de la época, como el sufragio femenino (no votaban las mujeres entonces) la igualdad de derechos civiles y asuntos sociales en general. No tuvieron los acuerdos de ambos congresos consecuencias inmediatas, pero prepararon a la opinión pública, allanaron el camino a la causa feminista y calaron en el interés de las mujeres de la nación. En 1915 había surgido el Partido Sufragista, la primera de las sociedades femeninas que reclamó el derecho al voto. Para conseguirlo trabajó también el Club Femenino de Cuba, creado en 1918, y se empeñó en un programa por la superación social y cultural de la cubana. La primera vez que las mujeres salieron a la calle en manifestación, lo hicieron, al llamado de dicho Club, para defender la soberanía cubana sobre Isla de Pinos, parte del territorio nacional que había quedado en una especie de tierra de nadie al suscribirse los tratados entre el gobierno norteamericano y el España, y que Washington pretendía anexarse. El advenimiento de la República no trajo aparejado en Cuba, como en ningún otro país americano, la igualdad de hombres y mujeres ante la ley. Hasta 1936 no se concedió a la cubana el derecho de votar. El Club consiguió asimismo lo que se considera la primera obra de asistencia social de la era republicana. Fue la separación de las reclusas que compartían, hacinadas con los hombres, las instalaciones del vivac y la cárcel de La Habana. Se les trasladó para la cárcel de Guanabacoa, cuyo desenvolvimiento empezó a supervisar el Club Femenino. Y se crearon allí una escuela de instrucción primaria y talleres de costura y se dotó al reclusorio de servicios médicos. La Primera Guerra Mundial fue factor decisivo en la incorporación de la mujer al empleo. Lo fue prácticamente en todo el mundo, y también en Cuba. El Club Femenino trabajó asimismo en defensa de los derechos de obreras y empleadas al demandar para ellas todas las ventajas que en las leyes amparaban a los hombres. Famosa en esos días fue la llamada Ley de la Silla, que dio a la mujer trabajadora el derecho de sentarse a ratos durante el desempeño de su empleo. Hoy puede parecernos intrascendente, pero fue un acto de justicia elemental en momentos en que las mujeres eran doblemente explotadas. Habló para Radio Miami, desde La Habana, Ciro Bianchi Ross. |
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