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ESPIAS RUSOS En mis lecturas de juventud abundaron las historias de espías que en la Primera Guerra Mundial tuvieron como protagonistas a Alfred Dreyfus y Mata Hari y más tarde a las historias y narraciones los agentes soviéticos tras las líneas alemanas. De pronto, para probar que la historia se repite: “Una vez tragedia y otra como comedia”; se sirve una rocambolesca parodia de espías rusos en Estados Unidos, culminada con un festinado “canje”. Entre los capítulos de la verdadera historia, se recuerda a la “Orquesta Roja”, una legendaria y eficaz red de espionaje formada por los servicios de inteligencia soviéticos a partir de 1939 para responder las exigencias de la II Guerra Mundial y que actuando desde la Alemania nazi envió a Moscú más de 2000 mensajes, todos de trascendental importancia. Fundada en Bruselas por Leopold Trepper, la Orquesta Roja fue la más vasta y eficaz red de espionaje que recuerda la historia que, aunque era conducida por los servicios de inteligencia soviéticos, trabajó para el Alto Mando Aliado y para la resistencia en los países europeos ocupados. Entre aquellos intrépidos agentes hubo militantes comunistas, socialdemócratas y del partido nazi, intelectuales, escritores y artistas, estudiantes, clérigos, empresarios, miembros de la Wehrmacht, la Luftwaffe e incluso la Gestapo. Algunos alcanzaron altas jerarquías militares, desempeñaron relevantes cargos en la maquinaria fascista y los hubo condecorados. La red era los ojos y los oídos de los aliados en el Cuartel General Alemán. Descubierta a fines de 1942, la contrainteligencia alemana quedó perpleja ante el hecho de que en sus narices, desde el propio corazón de Berlín, los gentes aliados condujeran una red internacional de extraordinaria eficacia con más de 500 centros trasmisores de radio en lugares estratégicos como: la propia capital alemana, Bruselas, Estambul, Atenas, París, Roma, Ámsterdam, Copenhague y cincuenta ciudades más. El Gran Jefe Trepper que informó a Stalin la fecha exacta de la invasión nazi, sobrevivió a la victoria, fue recibido como un héroe en Moscú y como muchos de los soviéticos que actuaron en las filas enemigas fue encarcelado. Liberado tras diez años de prisión, regresó a Polonia hasta que en 1976 emigró a Israel donde murió en 1982. Tan significativa como la de la Orquesta Roja fue la historia de Richard Sorge, el más brillante, imaginativo y abnegado de los agentes soviéticos. Naturalizado alemán, se hizo miembro del Partido Comunista de la Unión Soviética y trabajó para el NKVD durante los años previos y los primeros tiempos de la II Guerra Mundial. Vivió en China y en 1933 se radicó en Japón, desde donde informó a Stalin la fecha de la invasión alemana, asegurando que los japoneses no intervendrían en la agresión lo que cual daba a la Unión Soviética la oportunidad para desplazar grandes contingentes de tropas hacía sus fronteras europeas. Por él los aliados se enteraron de los planes para atacar Pearl Harbor. El heroísmo de sus hijos y sus militantes no puedo impedir que la Unión Soviética resultara derrotada en la Guerra Fría y su lugar ocupado por una Rusia cuya aspiración no es ya derrotar al capitalismo sino imitarlo. Ta vez por eso resulte tan extraño encontrar hoy a una militante de la izquierda latinoamericana dispuesta a espiar para Rusia en Nueva York, como décadas atrás lo hicieron los militantes y patriotas en la Alemania nazi, el Japón militarista o la “pérfida Albión”. Se trata de algo francamente surrealista. La frívola parodia de diez espías que trabajaban para Rusia en Estados Unidos, entre los cuales figuraron algunos elementos de la izquierda latinoamericana y el festinado “canje” por agentes norteamericanos en Rusia, recuerda no las rudezas de la Guerra Fría, sino los entresijos de una comedia mal actuada con un fondo de aspiraciones geopolíticas hegemónicas compartidas. |
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