ESTAMPAS CUBANAS
Por: Nicolás Pérez Delgado
 

16 de septiembre de  2011

                                                                   

                                                                   Ocurrió en un pueblito

 más al norte

                                                                                                                      

     No daré los nombres, pero él era cubano y ella también. Ambos estaban orgullosos porque el hijo que vendría en siete meses sería tan americano como Jorge Washington, Buffalo Bill o Marylin Monroe, no como ellos que ganaron el abolengo respondiendo acertadamente el significado de las cincuenta estrellitas de la bandera o si habían pertenecido al partido nazi o comunista. Entraron a una cafetería junto a una estación de gasolina y él, sin reparar en la futilidad del acento, pero en excelente inglés gramatical, pidió para ambos beicon con huevo, leche descremada y pancake con sirope mientras ella se sentaba en una mesita junto a la ventana que daba a la gasolinera.

     El dependiente, que mascaba un chiclet verdoso que dejaba ver entre los dientes, lo miró y no dijo nada. Los tres parroquianos acomodados tras la barra, uno con una lata de Miller en la mano, lo observaron y después voltearon la vista hacia la mujer. La cubana  era hermosa, trigueña, de pelo y ojos muy negros, y él se sentó junto a ella en espera del desayuno. Estaban hambrientos. Hacía ocho horas que habían salido de Miami, manejando sin detenerse por autopistas que no conocían.

     El dependiente hablaba con los tres parroquiano y de vez en cuando los cuatro reían. Había en la pared, junto a una enorme bandera, un televisor apagado y se escuchaba una  relajante música country. Pasaron quince minutos. El cubano miró el reloj. Miró al dependiente y le hizo una seña que el dependiente pareció no reconocer. El dependiente dijo algo que el cubano no escuchó y dos de los parroquianos se volvieron y miraron hacia la pareja con más detenimiento que la primera vez. El de la izquierda mostraba una serpiente roja y verde tatuada en el antebrazo izquierdo; el otro, sentado al medio, era un gordo color leche, de pelo colorado. Por la ventana se veía un enorme letrero que decía Welcome, Great Food, o sea: Bienvenido, Excelente comida, y la sombra del letrero caía a esa hora sobre la bomba de gasolina, situada junto a la calle, donde un gato reposaba. A media milla había un pueblito.

     Un avión rugió en el cielo y el cubano esperó que el retumbo se alejara, miró de nuevo el reloj y con una sonrisa pidió al dependiente que de ser posible agilizara el pedido, tenían prisa. El dependiente no le respondió. Se espantó un inexistente insecto de la cara y su labio se elevó por el lado derecho, dejando al descubierto un colmillo y el chiclet. Pasaron veinte minutos. Ni agua habían servido. Llamó de nuevo pero el dependiente de nuevo no hizo caso y dos de los parroquianos se volvieron y farfulleron algo, al parecer molestos sobre las  banquetas. El otro, el de la Miller, de cogote correoso y cuarteado, tosió y dio un manotazo sobre la barra.

    Eran tipos feos. No se parecían ni a Elvis Presley ni a John Wayne. La  cubana era química, especializada en alimentos, y él licenciado en historia, ambos egresados de la Universidad de La Habana.

     Un tipo ancho, con gorra de pelotero, overoll azul y botas amarillas, entró. Palmeó festivamente la espalda de los de la barra y saludó al dependiente llamándolo Big Mike. Después hablaron en voz baja y observaron a la pareja de una forma más que molesta, insultante por su largueza. El del cogote correoso escupió en el piso. El cubano no era un alfeñique y había hecho kárate en la universidad. Era Cinta Negra, Terce Dan. Eso era y dada las circunstancias lo correcto sería olvidar la máxima karateca de no ser belicoso y jamás iniciar el ataque y ahora mismo virar la mesa al revés y con la artillería de malas palabras de su verdadera idioma decirles hachepé, red neck de mierda, a nosotros nos roncan, métanse por el ojete su churrosa cafetería. Pero no. Y no lo frenó la ecuánime filosofía del karate. No fue por eso. Quería olvidar que nació en la Isla. Esa bronca sería la guapería de los mulatos Maceo, la que enseña Fidel Castro, la de cualquier negrón de Luyanó, y él no era ni negro ni indio aunque en las planillas oficiales tampoco resultara ni cubano, sino de la amontonada nacionalidad hispanic. Y él se sentía en el mejor país del mundo, donde cualquiera puede ser presidente,la justicia es ciega, la cultura es como ninguna y hay billetes, muchos billetes, billetes en abundancia. Soñaba el sueño americano y pensó en ser práctico, muy anglosajón.

    Así que dijo a su mujer: “Mejor nos vamos, amor”.

    Se levantaron y salieron, hambrientos, como estaban. El gato se apartó apenas el auto arrancó. Cruzaron el pueblito, tranquilo, clásico: una gran shopping rodeada de casas pintaditas, sin gente en la calle. Quince millas más adelante se hartaron en un Mc Donald y retomaron otra autopista a 70 millas por hora. Iban felices, sin pensar, sin tristeza, colonizados. Si el hijo que vendría en siete meses era varón se llamaría George; si hembra, Jackeline. 

             

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