|
|||||||
|
El andarín Carvajal Son muchos los personajes populares que ha dado La Habana. Muy célebres fueron y son aún El Caballero de París y La Macorina. La Marquesa y Bigote de Gato que inspiró una guaracha que popularizó en los años 40 Daniel Santos, el inquieto anacobero. Menos conocido y recordado es Jesús Rodríguez Salgueiro, un gallego que se avecindó en La Habana y que se decía el último descendiente de Cristóbal Colón e inventor de instrumentos tan raros como un submarino aéreo y de un dirigible invisible e invulnerable. Salgueiro se hizo célebre en el Paseo del Prado de los años 20 con su melena arbitraria, el sombrero pequeñísimo, el bastón y su capa española. Jamás pidió un centavo. Aceptaba solo invitaciones de sus amigos y paseos en automóvil. Vivía de la caridad de algunos compatriotas que discretamente, sin humillarle, le mantenían y que finalmente lo embarcaron para Galicia, donde sus familiares lo recluyeron en un manicomio. Pero Salgueiro no quería dejar La Habana. Hubo que decirle que el rey, su amigo y pariente lo reclamaba. El cónsul español lo convocó y de manera formal comunicó a don Jesús Rodríguez Salgueiro, legítimo y único Duque de Veragua, que Su Majestad Alfonso XIII lo necesitaba para confiarle el Virreinato de Riff. -Si es una cuestión de Estado, embarcaré cuanto antes –dijo Salgueiro a sus amigos, que no sabían si reír o llorar. De aquellos años 20 habaneros es también La muerta viva, una alemana de la que se decía que no tenía orejas porque se las cortaron en su país como castigo por un delito que cometió. Aunque a la verdad, nadie supo nunca si tuvo o no orejas porque se tocaba con una especie de casco que cubría esa parte de su cabeza y se pintaba de blanco la cara, de un blanco de mascarilla. Vivía La muerta viva en Lealtad esquina a Virtudes y se trasladó luego para Lealtad entre Ánimas y Lagunas y después para Ánimas esquina a San Nicolás. Luego desapareció para siempre. Tenía La muerta viva una hija casada con un catalán. Dicen que la muchacha se la llevó. Nunca más se supo de ellas. El Andarín Carvajal está en el imaginario de los habaneros, que suelen recordarlo, sobre todo los más viejos, con una frase: Caminó (o caminé) más que el Andarín Carvajal. Incluso ya anciano podía recorrer kilómetros sin dar muestras apenas de cansancio. No podía dejar de hacerlo. De eso vivía. Corría y “pasaba el cepillo”. Vivía de los magros ingresos que conseguía de ese modo. Félix Carvajal amaba sincera y desinteresadamente el deporte y pese a carecer de orientación en sus entrenamientos, tenía condiciones excepcionales para las carreras de fondo. De haber nacido en otra época tal vez hubiera sido mucha la gloria que habría dado a Cuba. Pero a Carvajal le tocó vivir lo mejor de su existencia durante las primeras décadas de la República. Los gobiernos de entonces no lo ayudaron y muy poco consiguió de la iniciativa privada. Cuando se acercaban las Olimpiadas de 1904, en San Luis, EE UU, pidió ayuda al gobierno de Estrada Palma para que le costease el viaje y poder representar a Cuba en las competencias. Nada obtuvo y aun así el Andarín Carvajal se las arregló para llegar a la cita olímpica. Llegó minutos antes de que se iniciara la carrera de maratón y logró inscribirse en representación de los colores del patio. Encontró un inconveniente: No tenía ropa apropiada para la carrera, pero el Andarín resolvió fácilmente el problema. Pidió una tijera y cortó los pantalones que vestía para convertirlos en una especie de short. Vencido ese requisito, llegó a la pista. Esperó el disparo y se lanzó a correr. Pero, por haber empleado casi todo su dinero en el viaje, llevaba el Andarín varios días sin comer y el hambre acalambraba su estómago. Mientras corría veía los manzanos a los lados del camino. No pudo más y se detuvo a comer, sin importarle que las manzanas estuviesen verdes. Comió hasta saciarse y prosiguió la carrera. Las manzanas verdes, sin embargo, unidas al estómago estragado y el hambre vieja, le pasaron la cuenta. De pronto el dolor de estómago se le hizo insoportable y los retortijones apenas le permitían dar un paso. Salió el Andarín de la pista y se agachó detrás de un árbol. Pensó que el malestar había pasado y volvió a la carrera. Pero tuvo que salir de ella una y otra vez. Aun así, quedó en el cuarto lugar de la competencia. A su regreso a Cuba, el gobierno lo premió con un puesto de cartero. Y el Andarín Carvajal hacia sonar el silbato mientras corría por las calles de La Habana para buscarse los centavos que lo ayudarían a vivir. Así murió. Habló para Radio Miami, desde La Habana, Ciro Bianchi Ross. http://wwwcirobianchi.blogia.com
|
|||||||
|