ESTAMPAS CUBANAS
Por: Nicolás P Delgado

19 de septiembre de 2011                                                     

 

El mal de un exilio

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     En uno de los extraordinarios cuentos de ciencia ficción del escritor norteamericano Ray Bradbury, un cohete nuestro llega a un planeta de una lejana galaxia, a millones de kilómetros de la Tierra. Aterriza junto a un pueblito pero nadie corre a recibir a los recién llegado como lógico espera el capitán de la nave, quien ordena a uno de sus cosmonautas ir a investigar la frialdad de aquella gente ante el inusitado espectáculo de un cohete que llega del espacio. La razón era que hacía poco llegó al pueblo alguien que sanaba a los enfermos, consolaba a los pobres y fustigaba la maldad, la avaricia y la hipocresía. La gente, por supuesto, lo seguía con devoción. Nadie quería perder una sola palabra de su prédica.

     El capitán no creyó aquello y fue al pueblo. Habló con la gente y constató que lo dicho por su explorador era cierto, pero se negó a aceptar la realidad. Para él aquello era una alucinación colectiva. No le importó el ciego que recobró la vista, el leproso que le mostró su piel intacta, el muerto resucitado. El capitán no aceptaba perder y su verdad era, valga la redundancia, la única verdadera.

     Sin dudas el capitán padecía de disociación cognitiva, síndrome muy común aquí en Miami. Repito: disociación cognitiva, un mal mental que hace rechazar cualquier información que genere disonancia con lo que se quiere creer. No acepta la realidad ni la siempre cambiante vida. Del pensamiento hace bloque de concreto. En Miami, súmele la pereza intelectual hispana que tanto fustigó ese gran pensador que fue Miguel de Unamuno y, además, absoluta falta de tiempo para la reflexión, pues las horas de trabajo se extienden para poder pagarse los biles. Podrido ajiaco intelectual que en este pueblo sureño y reaccionario del tercer planeta del Sistema Solar se manifiesta en repetir lo que a diario y en pulcra transmisión digital dicen los bien pagados oportunistas que salen en televisión.

     Desgraciadamente no iba yo en un cohete interestelar cuando recordé a Ray Bradbury. Por lo cara que está la gasolina, iba en guagua. Una simple guagua terrícola a la que había esperado con paciencia asiática por casi una hora. Iba en la parte alta de atrás, con mejor vista y donde encontré el único asiento vacío. Molesto por la espera bajo el inclemente sol del mediodía miamense, intenté criticar lo pésimo del transporte, pero me fue imposible. Cuatro pasajeros, dos de ellos ya en los setenta años, y una mujer con un enorme maletín, despotricaban en alta voz, pero no contra lo malo que estaba el transporte público, sino contra Cuba.

     Eran cubanos, los cinco. Doctamente afirmaban que el hambre en la Isla era aterradora, que la bestia asesina de Raúl ya saca los tanques a la calle, que las palizas a las Damas de Blanco eran salvajes, que era un doble de Fidel lo que salía en televisión, que en los hospitales no había ni agua para que los médicos se lavaran las manos, que Silvio Rodríguez era coronel de la Seguridad del Estado, que la playa de Santa María del Mar se estaba vendiendo a los venezolanos. La señora dijo que una maestra prima suya le había escrito contándole que en su escuela no había ni tiza para escribir en el pizarrón. Los cinco maldecían a la isla donde habían nacido, estaban de acuerdo con el embargo económico y en que los cinco cubanos encarcelados eran espías y terroristas que no debían ser puestos en libertad.

       En un silencio que hicieron de apenas dos segundos, quise lanzarme al ruedo. Me había olvidado del transporte público y lo más amablemente que pude, comencé a decir: “Miren, señores, hace sólo cuatro meses yo estuve en Cuba y no vi nada de lo que ustedes dicen. Allá hay problemas, como en todos lados, pero les voy a contar que…”

      Mi pronombre relativo “que” se quedó en el aire. Los cinco ripostaron a la vez: ellos no sabían dónde yo había estado, pero era seguro que de Cuba no sabía ni un comino. La dama  me miraba como si yo fuera un bicho extraterrestre y al suelo le cayó el maletín que llevaba sobre las piernas y que yo caballerosamente le recogí. Pensé mandarlos al Diablo o, burlarme, echarme a reír. Pero detuve ambas deseos. Hablaban y hablaban, pero sin ofender en lo personal. Realmente tanta ignorancia, tanta superficialidad lo que daban era pena. Eran unos Pérez Rouritas encaramados en una guagua, tristes papagayos de lo que oían por radio y televisión. Uno, según dijo, llevaba cincuenta años sin ir a Cuba: desde que salió; el que menos llevaba, treinta y dos. Y juraron que no irían hasta que Castro desapareciera. “Pobre gente”, pensé. “No quieren ver”.

     El capitán del cohete del cuento de Bradbury, al menos, al final recapacitó. Hubiera sido testigo de uno de los sucesos más extraordinarios de la historia y por necedad lo perdió. El hombre que sanaba a los enfermos y reconfortaba a los infelices, que seguramente crearía también una nueva Era en ese planeta, había desaparecido, pero el capitán montó de nuevo en el cohete, casi solo, pues la mayoría de la tripulación lo abandonó, enfrentó su disociación cognitiva y se elevó dispuesto ahora a encontrar la verdad que había negado, buscándola en cualquiera de los miles de mundos del universo.

     Los cinco de la guagua siguieron en la guagua. Yo, al fin, llegué a mi destino, me bajé de ella y respiré aire puro, alegre de no padecer la disociación cognitiva, el mal de este exilio.   

 

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