ESTAMPAS  CUBANAS
Por:  Ciro Bianchi
        20 de septiembre de 2011

                                              

       

                                                                                 Llegó el circo

 

A comienzos del siglo XX y todavía tras el fin de la I Guerra Mundial, la llegada del circo marcaba el inicio de la temporada invernal. Era el circo el primer gran espectáculo. En Cuba, donde lo teatral de particular dimensión venía siempre de fuera, el circo anunciaba la proximidad de la ópera y de las compañías dramáticas de fuste.

            Claro que eso alude a los grandes circos, aquellos que por lo general venían de fuera, desde tierras lejanas, exóticas y extrañas. No a los pobres circos cubanos que recorrían pueblos y ciudades y terminaban emplazando su carpa a la salida del poblado o, dentro de este, en cualquier solar yermo o un parque desvencijado. De cualquier manera era la alegría de grandes y chicos.

            Hasta 1916, en Cuba, decir «circo cubano» era decir Pubillones; apellido de dos hombres legendarios: Santiago Pubillones  y su sobrino Antonio. Ambos eran exponentes del oficio en el sentido más cabal del término. Hombres de espectáculos. Altos y bien plantados, se situaban en medio de la pista trajeados de frac, tocados con relucientes sombreros de copa, y exhibiendo prendas costosas, como el fabuloso brillante Pubillones, que deslumbraba a todos, ostentoso sobre la blanca pechera. Oficiaban, fusta en mano, como sacerdotes de un rito hecho de agilidad, fuerza y destreza, admirable fusión de músculos e inteligencia y en el que los payasos representaban la gracia del espíritu.

            En La Habana de aquellos días el circo Pubillones levantaba su carpa en el solar yermo situado al fondo de lo que hoy es el hotel Plaza. O en donde está el Instituto Preuniversitario de La Habana. Después se trasladaría a algunos de los grandes teatros capitalinos, como el Payret o el Nacional, y también el Martí.

            En una de esas temporadas, Antonio Publillones llegó a La Habana casado con Geraldine Wade, famosa en el mundo circense por su extraordinaria belleza. Ella y sus hijos con Antonio heredarían el circo. El circo Pubillones trajo a la capital cubana lo mejor de lo mejor; artistas y espectáculos que pusieron una nota de asombro y maravilla en el público isleño, todavía un poco provinciano.

            Esos espectáculos motivaban la audacia de los criollos.

            Se hallaba el Pubillones instalado en el Payret y un ciclista se lanzaba por una canal fijada en la cazuela (en lo más alto de la sala: espacio reservado para los que adquirían las papeletas de entrada menos costosas)  y salía disparado como un proyectil para caer con su vehículo en una tarima acolchada situada en el fondo del escenario. Volaba el hombre, materialmente a horcajadas sobre su bicicleta, por sobre el foso de la orquesta y por encima del proscenio.

            Un joven habanero quiso imitarlo y la experiencia estuvo a punto de costarle la vida. Se llamaba Guillermito Díaz y sería más tarde el muy popular Raymond cubano, que, como Houdini, era capaz de escabullirse de un baúl asegurado con sogas y cadenas o de soltarse las amarras más complejas. 

 

Dos cubanos, Jesús Artigas y Pablo Santos, que ganaron una fortuna  como productores de cine, se introdujeron en el negocio y en 1916 fundaron el circo Santos y Artigas, que sobreviviò durante años, mientras que el circo de Pubillones desaparecía en 1923-24 a consecuencia de la poca habilidad comercial de los herederos de Antonio.

            La nueva agrupación renovó e inyectó vigor a la escena circense cubana. No solo trajo a artistas internacionales muy reconocidos, sino que supo dar un nuevo matiz al espectáculo. Revistieron sus presentaciones de un carácter norteamericano, a la manera del circo Ringling, y dieron a la actuación de los artistas un ritmo vivo y picado. Un número sucedía al otro casi sin solución de continuidad, y los payasos colaboraban para evitar los puntos muertos. Sin embargo, para muchos de los espectadores del patio el ambiente creado por Santos y Artigas no tuvo nunca el colorido ni el sabor que distinguía el escenario de Pubillones.

            Habló para Radio Miami, desde La Habana, Ciro Bianchi Ross.

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