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23 de septiembre de 2011
EL PRECIO DE LAS INCONSECUENCIAS Algunas aéreas del Tercer Mundo recuerdan a un organismo teratogénico que envejece sin crecer. En ocasiones parece como si los 60 años desde el fin del colonialismo no hubieran transcurrido; lo cual da la razón a Franz Fanón: “…Ser colonizado es más que ser subyugado físicamente, es serlo culturalmente...” El hecho de que los países africanos hayan expresado reservas ante la actuación de la Corte Penal Internacional en el caso de Omar Bashir, presidente de Sudan y que la Unión Africana se niegue a acatar la orden de arresto contra Muammar al-Gaddafi no es una novedad aunque si una contradicción: hubiera sido preferible no firmar el Pacto de Roma en virtud del cual se creó esa Corte promovida por europeos y norteamericanos. En aquel evento participaron 150 estados: 120 votaron a favor (30 de ellos africanos), 20 abstenciones y 7 en contra. Senegal un país africano fue el primero en ratificar el Pacto. Aunque antes hubo otros esfuerzos, sólo en 1945, en la coyuntura del fin de la II Guerra Mundial fue posible establecer un tribunal internacional. El hecho de que en Núremberg y Tokio se individualizaran los crímenes cometidos por los jerarcas fascistas se debió, no tanto a la evolución del Derecho Internacional, como a una episódica coincidencia entre las potencias vencedoras. Estados Unidos no estaba dispuesto a perdonar Pearl Harbor, la Unión Soviética clamaba justicia por los crímenes de los ocupantes y Gran Bretaña aspiraba a vengar los devastadores y humillantes bombardeos a Londres. El mundo de 1945 estaba formado por unos 60 estados independientes, entonces divididos en vencedores y vencidos. Los Tres Grandes que luego fueron cinco, ejercían un liderazgo legítimo y acatado que les permitía decidirlo todo y así lo hicieron. Con posteridad, debido a los ambientes políticos derivados de la Guerra Fría, la experiencia de Núremberg fue archivada hasta que con la desaparición de los países socialistas y de la Unión Soviética se crearon condiciones políticas para instalar un engendro como el Tribunal Penal Internacional. El hecho de que los primeros juzgados hayan sido elementos de un país ex socialista (Yugoslavia), uno africano (Ruanda) y Ahora Libia, era predecible cuando hace apenas 8 años más de 100 países del Tercer Mundo votaron a favor de su instalación. Seguramente ninguno de los firmantes imaginó que individuos como Donald Rumsfeld, Ariel Sharon o George Bush puedan comparecer algún día ante tribunal internacional alguno, menos ante uno creado por ellos mismos. Con semejantes criterios de selectividad: ¿Para qué sirve aquella institución? Al adoptar la Resolución 808 que creó un Tribunal Internacional para la ex Yugoslavia, el Consejo de Seguridad introdujo un precedente que contradice el espíritu de la Carta de la ONU y los fundamentos del Derecho internacional asentado en los preceptos de la soberanía y la autodeterminación de los Estados. El hecho de que la dictadura de Pinochet y el apartheid fueran repudiables no sustanció nunca la idea de invadir Chile o Sudáfrica. Aunque a un elevado costo, chilenos y sudafricanos resolvieron por si mismos sus problemas internos. Castigar a Slobodan Milosevic era asunto de los serbios, como es de los libios decidir qué sanciones corresponden a Gaddafi. El tribunal Penal Internacional no reafirma el Derecho internacional vigente, sino que lo modifica y lo transgrede. La errática actuación del Tercer Mundo que se suma a proyectos concebidos para reforzar la dominación imperialista se derivaba de situaciones, aunque remotas, vigentes y visibles en el atraso, la dependencia e incluso en los estereotipos culturales; al continuar plegándose a los designios europeos y norteamericanos, las deformaciones surgidas con la conquista y la colonización, en lugar de resolverse se acentúan. Si bien es cierto que en Africa, Asia y América Latina, desde la independencia se han registrado avances considerables, queda mucho por hacer, entre otras cosas producir lideres capaces de representar los genuinos intereses nacionales y crear instituciones idóneas. Resignarse a marchar en la cola del convoy del que tiran los imperios es más de lo mismo y, para cambiar esa situación no es necesario hacer revoluciones; basta decir no y aplicar la filosofía que un día recomendara Che Guevara: “Al imperialismo: ni tantito así”. Allá nos vemos.
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