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| 23 de agosto de 2010 | |||||||
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DELIRIOS NUCLEARES Durante la II Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética se involucraron en guerras y conflictos políticos en lugares tan distantes como el Pacifico, los confines de Europa, África del Norte y el Lejano Oriente. Debido a que todavía los aviones no se reabastecían en vuelo, se planteó la necesidad de aparatos de gran tamaño y radio de acción que pudieran desplazarse a altas velocidades y cargaran enormes cantidades de bombas y cohetes. Un componente original de la Guerra Fría fue la búsqueda de aplicaciones militares a la energía atómica. La creatividad científica financiada por los presupuestos militares permitió crear submarinos, portaaviones, destructores, cruceros y minas nucleares y fomentaron los sueños del avión impulsado por energía atómica. Actuando en paralelo y espiándose cuanto era posible, desde fines de los años cuarenta las principales aeronáuticas de Estados Unidos y la Unión Soviética se empeñaron en investigaciones para construir aviones movidos por energía atómica. Alrededor de 1956, tanto en Estados Unidos como en la Unión Soviética se construyeron reactores de dimensiones aceptables para ser instalados en aviones. En 1958 los soviéticos optaron por acoplarlo en el compartimento de bombas de un bombardero TU-95 M “Bear” que, en 1961, con el reactor apagado se elevó por los cielos de Rusia. Por la misma época el Pentágono encargó un trabajo similar a las firmas privadas constructoras de aviones y comenzó la carrera. Como banco de pruebas fue escogido el Convair B-36, un aparato que todavía impresiona por su envergadura al cual introdujeron las modificaciones pertinentes. Como mismo hacían los soviéticos, los pilotos de pruebas norteamericanos despagaban los prototipos de avión atómico con la energía convencional y en el aire encendían el reactor, aunque ni unos ni otros lo hicieron nunca para suministrar potencia al aparato sino para pruebas de otro tipo. Se especula acerca de que varias tripulaciones perdieron la vida al ser contaminadas por las radiaciones. Una de las soluciones más fantasiosas consistió en tratar de rediseñar los mastodontes del aire usados para los experimentos en hidroaviones, con la ilusión de que los accidentes durante el despegue y el aterrizaje tendrían menos consecuencias si, en lugar de ocurrir en la tierra, sucedieran en el mar o en pistas náuticas formadas por lagos naturales o artificiales construidos al efecto. No se sabe cuántos aparatos zozobraron en el intento. Mientras diseñadores, ingenieros y científicos trataban de encontrar el modo de proteger a la tripulación de las radiaciones y se preguntaban qué ocurriría cuando alguno de aquellos aparatos se estrellara o fuera derribado; la aviación a reacción convencional avanzaba con deslumbrantes resultados. Unido a ello la construcción de portaviones de mayores dimensiones desde los cuales operaban grandes aviones, la creación de soluciones para reabastecer en el aire a las aeronaves y sobre todo la aparición de los cohetes intercontinentales balísticos y teledirigidos, ralentizaron los proyectos para construir un avión movido por energía nuclear. Como si hubieran estado de acuerdo, a mediados de la década de los sesenta, tanto en los Estados Unidos como en la Unión Soviética los planes para crear aviones movidos por energía atómica fueron archivados. Por falta de voluntad política para avanzar hacia el desarme nuclear, a pesar de los acuerdos de no proliferación, varios países han ingresado al club atómico, con lo cual los peligros de un apocalipsis, en lugar de disminuir han aumentado. Paradójicamente, es cierto que las armas nucleares pueden poner fin a las guerras, aunque con ellas ponga fin también a la humanidad. Ese es uno de aquellos casos en los que, “con el agua sucia se bota la criatura”. Vivir para ver; aunque difícilmente alguien sobreviva para contar. Allá nos vemos.
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