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| 24 de agosto de 2011 | |||||||
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La vida es una cabrona Lo más grave era que a Cuba la iban a rusificar. La cubanía se iría al demonio, la familia no sobreviviría y a los padres les quitarían los niños para lavarles el cerebro. Una perra llamada Laika había sido enviada al espacio, después un tal Gagarin, y los sputnik, que tenebrosamente hacían bip bip bip, circunvalaban el planeta. Los comunistas, aunque todavía en broma, usaban palabras como tovarich y spraciba en lugar de compañero y gracias. Con el tiempo, tal vez hasta nos impondrían el confuso alfabeto cirílico. Había que escapar. Castro ya había hecho nacionalizaciones, reforma agraria y rebajado alquileres. Negrones en trusas se bañaban en el Havana Yatch Club, ahora llamado círculo social obrero. Los curas eran botados del país y la prensa toda tenía que aplaudir a Castro, Nikita Krushov y Che Guevara. Había que salvar a la familia de tanto horror. Había que preservar la cubanía, la cultura y las tradiciones que nos legaron nuestros abuelos. Y sólo los americanos podrían salvarnos. Sin ellos no seríamos nada. Miami era la tierra prometida. A unas pocas horas en bote aun con mal tiempo y a solo 40 minutos en avión. Regresarían enseguida, luego que los marines entraran y a patadas sacaran a Castro, quien no duraría ni lo que un merengue en la puerta de un colegio. Pero lo inmediato era salvar nuestros hijos, impedir que nos los quitaran al suprimirse la patria potestad. ¡Qué horror! Luego de lavarles el cerebro, si es que los regresaban a los hogares, ya no serían los mismos hijos, nietos ni sobrinos, sino espías y quizás hasta verdugos de sus padres. Y padres y madres se sacrificaron. Había que salvar a la familia. Y llorando despedían en el aeropuerto José Martí a sus hijos pequeños que iban solos rumbo a un sitio para ellos desconocido, aunque se llamara Estados Unidos. Inocentes que no entendían nada de aquello subían las escalerillas de los aviones también con sus caritas anegadas en lágrimas. Y ya en la portezuela miraban atrás, con la última esperanza de poder regresar donde sus padres, abrazarlos y volver a casa a jugar con el perro. Pero los aviones levantaban vuelo, los niños no se consolaban y los padres se consolaban pensando que los pequeños ya no serían enviados a ese lugar horrible y helado de la Rusia comunista para lavarles el cerebro y ponerlos a trabajar como esclavos. Fue esa gran mentira, engendro de la CIA y de los peores cubanos, la llamada Operación Pedro Pan: Peter Pan para los muy colonizados. Padres y madres y niños sufrieron, lloraron, víctimas del embuste político más desvergonzado de la historia. No lo justifica ni el hecho, como se ha querido hacer ver, de que algunos de esos niños hoy sean exitosas personalidades, pues existen otros que sin sufrir desgarro emocional, jugando con la muñeca o el carrito, al abrigo de las manos de sus padres subieron las escalerillas del avión y hoy también son exitosas personalidades. Y entre la mayoría que permaneció en la Isla porque sus padres eran revolucionarios o no se dejaron engatusar con la mentira de la patria potestad, también muchos de ellos hoy son exitosas personalidades en las ciencias, las artes y los deportes. Pero los designios del destino son indescifrables. Y los años pasaron, el mundo y la familia cambiaron y para pena de muchos comenzó lo inevitable: la americanización de los muchachos. Y los hijos, como hijos cubanos, se fueron perdiendo porque los asimila otra cultura. Es lo lógico, lo natural. Precio que paga el emigrante, sea cubano, italiano o irlandés. Otra cultura se cuela aunque obliguen a los hijos a hablar español en la casa. Y la madre o la abuela o el padre que no lograron entender el inglés, que no son pocos, o incluso los que habían estudiado el idioma, ven a la hija o a la nieta que nació en el pueblo de Fomento transformarse en una americanita tan americana como Madonna. A la niña no la cautiva ni la música cubana y luego se casa con un muchacho que no le interesa el español. Y vendrán hijos, y esa abuela o esa madre serán como desechos culturales de la nueva familia, la cual no se parecerá en nada a la que tan unida recuerdan de Cuba, todos alrededor de la mesa, los muchachos embarrados, comiendo tajadas de mango de la mata del patio. Claro, algo quedará, tal vez algún día un postre de arroz con leche, pero hijos y nietos hablarán español con la lengua tropelosa y muy poco o nada tendrán que ver con los cuentos de la abuela, aunque la adolorida vieja pretenda parecer gringa mascando chiclet. Las costumbres del clásico hogar cubano irán pareciendo extrañas, ajenas. Los muchachos jamás hablarán de Cuba. En el high school y en los parties se ilusionarán con una prematura independencia y los padres que eviten la confrontación serán los más inteligentes. Un viejo cubano que recuerda con detalles la desazón de su familia en ese año de 1961, cuando la operación Pedro Pan, me dijo hace poco: “Tanto que quisimos preservar nuestra familia, nuestra cubanía, esa que el comunismo iba a enterrar. Menos mal que yo no envié a los muchachos; los saqué en el 64 conmigo”. Y luego de un largo silencio, agregó: “La vida… la vida es una cabrona, chico: la Patria Potestad también se pierde de otras maneras”. Así me dijo, mirándome con resignada tristeza. . |
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