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| 30 de agosto de 2011 | |||||||
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Las facciones, un gran inconveniente para el progreso
La participación del ciudadano en
la dirección del estado es una necesidad de la sociedad, pero no es fin,
ni requerimiento de las personas. No constituye una necesidad del
individuo, como ser humano, en el proceso de su realización. En todo caso
es un estorbo, convertido en paradigma por complejidades que están más
cercanas al egoísmo nacido de la inseguridad humana, que a sus necesidades
espirituales y materiales. En su afán de lograr una felicidad relativa, el
ser humano requiere liberarse de las insatisfacciones materiales básicas.
Para ello no requiere un poder sobre los demás sino un dominio de su
propia persona.
Todos gustamos de mostrar nuestras
cualidades. Desde el comienzo de los siglos, el ser humano se ha
comportado de esa manera. Gusta de saber que es útil y recibir el
reconocimiento del prójimo. Sin embargo, esas aspiraciones no tienen
conexión con el poder que ejerazamos sobre los demás. Dicha expresión es
una condición adquirida con el desarrollo de la sociedad y el nacimiento
del Estado, el cual es reconocido como un mal menor para el sostenimiento
y desarrollo de aquella. Su surgimiento ha dado lugar a una serie de
actividades innecesarias en las sociedades modernas, orientadas
fundamentalmente a fortalecer el control sobre otras personas o sobre las
colectividades en general. Estas actividades están imbricadas en esencia,
a desviar los medios cambiarios de modo artificial, para engrosar lo que
ha devenido en el factor esencial para alcanzar el Poder del Estado: la
acumulación de dinero.
La Constitución de
Estados Unidos de América, obra maestra en el diseño de un
ordenamiento dirigido a controlar las acciones desmedidas de los seres
humanos una vez que alcanzan autoridad sobre otros, fijó con precisión de
relojero suizo, criterios muy objetivos referentes a las personas dentro
del contexto del Estado, la sociedad y sus leyes. Sus fundamentos
reflejaron una preocupación por ese tipo de orden, al margen de clases y
partidos.
Si bien contuvo aspectos que
hicieron clasista la elección del gobierno, aun cuando se ejerciera basado
en los postulados allí establecidos, se abstrae sin saberlo, para dejar un
legado de estructura gobernante que aun hoy mantiene vigencia y abre
caminos. Al margen de la ideas personales de sus protagonistas, quienes
defendían como ciudadanos, solamente a los sectores de la sociedad
dedicados a la agricultura, el comercio, la incipiente industria y la
transportación, o sea a quienes generaban ingresos y pagaban impuestos, su
diseño logró un contenido popular que lleva implícito la universalización
del mando. Ese espíritu parece que fue comprendido en gran medida por
Washington aunque la vida y las realidades políticas lo inclinaran
sutilmente a tomar bando.
La idea de los creadores de la
Constitución fue garantizar por encima de todo la unidad del gobierno,
basándose para ello en la división de funciones, de manera que ninguna de
ellas impusiese criterios que dimanaran de un consenso impuesto por un
liderazgo fortuito.
Cuando se despide George
Washington de su segundo período de gobierno apela al mantenimiento de la
unión de los estados. Dijo entonces “mientras cada parte de la patria
recibe de la unión un interés inmediato y particular, todas unidas no
pueden fallar para encontrar en la combinación de medios y esfuerzos un
gran poder, grandes recursos, y por consiguiente seguridad, y
la esperanza de una paz inalterable”. Pero no descuida en mencionar
la fortaleza que debe ser inherente al gobierno central, aduciendo que “la
base de vuestro sistema político es el derecho que tiene el pueblo de
hacer y alterar la constitución y forma de gobierno. Pero la Constitución
existente, mientras no se varíe por la voluntad explícita y auténtica de
todo el pueblo, es religiosamente obligatoria para todos. La verdadera
idea del poder y derecho del pueblo de establecer su propio gobierno,
presupone la obligación de cada individuo de obedecer al gobierno
establecido”.
En el aseguramiento de esta unidad
alertó sobre las facciones, alegando que “todo lo que impide la ejecución
de las leyes, todas las combinaciones y asociaciones bajo cualquier motivo
plausible con designio de turbar, oponerse, violentar las regulares
deliberaciones de las autoridades constituidas, son destructivas de los
principios fundamentales, y de una tendencia peligrosa. Ellas dan
nacimiento a las facciones, y les prestan una fuerza extraordinaria. Ellas
colocan en lugar de la voluntad delegada de la nación la voluntad de un
partido, y las miras pequeñas y artificiosas de unos pocos, y siguiendo
los alternativos triunfos de las facciones diferentes, dirigen la
administración pública por mal concertados e intempestivos proyectos, no
por planes consistentes y saludables, dirigidos por consejos comunes, y
modificados por intereses recíprocos”.
Así como a Washington le
preocupaba el “peligro de las parcialidades dentro del Estado” también
alertó de “los inconvenientes del espíritu de partido en general”. Decía
que “por desgracia dicho espíritu es inseparable de nuestra naturaleza,
pues tiene sus raíces en las pasiones más fuertes del corazón humano.”
Observaba que “sus vicios se descubren, en toda su extensión, en los
gobierno populares, de los cuales es el peor enemigo”. Washington llamaba
“gobiernos populares” a aquellos que no respondían a las monarquías, sino
esos otros como el incipiente que su Presidencia estrenaba en
América. O sea, gobierno de amplia participación. Añadía en su
histórico discurso que “la dominación alternativa de las pasiones
políticas”, “es causa del espantoso despotismo que ha cometido los más
horribles excesos durante muchos siglos en diferentes países”.
La interpretación de la
Constitución materializada magistralmente en este discurso señaló asuntos
que nos traen a la memoria los sucesos por los que atraviesa la sociedad
estadounidense en estos días con la bizantina discusión del presupuesto de
la nación. Nada mejor que estas palabras para concretar aquella visión.
Decía entonces Washington: “el espíritu de partido trabaja constantemente
por desorientar al
pueblo y corroer la regularidad de los servicios públicos; agita la
opinión con celos infundados y falsas insurrecciones; y abre los caminos
por donde fácilmente penetran hasta el mismo gobierno las corrupciones e
influjos extraños a través de las pasiones facciosas, sujetando a la
política de otros la voluntad del país. Muchos opinan que los partidos que
actúan en países libres son un freno útil a los gobiernos y contribuyen a
conservar el espíritu de libertad. Eso es quizá verdad hasta cierto punto.
En los gobiernos monárquicos el patriotismo puede mirar el espíritu de
partido, si no con favor, al menos con indulgencia. Pero en los de
carácter popular, en los gobiernos puramente electivos, no se debe
fomentar ese espíritu, porque a la disposición natural de los mismos nunca
faltará el espíritu de partido suficiente para todos los efectos en que
sea laudable. Y como siempre hay peligro de que traspase sus límites, debe
ponerse un discreto empeño en disminuirlo y mitigarlo mediante la fuerza
de la opinión pública. El espíritu de partido jamás debe agotarse del
todo; pero deberá ser objeto de una vigilancia constante para que no
devore con sus llamas en lugar de caldear”.
Anticipó la importancia de “eludir
gastos innecesarios, procurando mantener
la paz, pero sin olvidar que haciendo algunos desembolsos para
conjurar el peligro, se ahorran luego mayores gastos para repelerlo” y
también mencionaba que era importante no “cargar a la posteridad, de un
modo poco generoso, con un peso que nosotros debemos soportar”. En este
punto no descuidó en decir que “para pagar deudas se necesitan rentas, que
para tener estas son necesarios impuestos; que no hay impuesto que no sea
más o menos incómodo o desagradable; que la dificultad intrínseca que
acompaña la elección de los objetos que se han de gravar (elección siempre
difícil) debe servir de un motivo decisivo para juzgar con prudencia de
las instituciones del gobierno que la hace, e igualmente para reposar en
ella y la aquiescencia de espíritu en las medidas para obtener ingresos,
las cuales deben ser dictadas por las exigencias del público en todo
momento”.
Alertó también contra las
injerencias en terceros países, abogando por las buenas relaciones con
estos, pero manteniéndose alejado de sus asuntos internos. También señaló
del peligro del extranjero, señalando que “la vigilancia de una nación
libre debe estar siempre despierta contra las artes insidiosas del influjo
extranjero, pues la historia y la experiencia prueban que este es uno de
los enemigos más mortales del gobierno republicano. Más esta vigilancia
debe ser imparcial para que sea útil, pues de otro modo viene a ser el
instrumento de aquel mismo influjo que intenta evitar”. Como regla de las
relaciones internacionales dijo: “la gran regla de nuestra conducta
respecto a las naciones extranjeras, debe reducirse a tener con ellas la
menor conexión política que sea posible, mientras extendemos nuestras
relaciones comerciales”.
Aun no había terminado Washington
su período de gobierno y ya las facciones surgían del dogmatismo de
algunas personas, que alentaban la creación de facciones. Al momento de su
despedida ya existían las agrupaciones que sentaron las bases de los
futuros partidos políticos. En este punto es bueno aclarar que facciones
no significa la ausencia de una diversidad de opiniones, el espeto de cada
cual por ellas y la búsqueda de consenso en la aplicación material de las
mismas, para evitar el congelamiento del cuerpo social. Las facciones
implican diversidad de pensamiento pero la diversidad de pensamiento no
debe conducir a la formación de facciones que interfieran con el
funcionamiento al uso del trabajo de los gobiernos.
La Constitución del país no hace
mención de los partidos. Habla de elegir a quienes se postulen y para
garantizar la elección de forma equitativa para cada Estado, establece la
creación de un cuerpo de electores designado por la Asamblea Legislativa
de cada uno de ellos. Estos electores se encargarían de contar los votos
de los postulados para presidentes, procediendo luego a enviar el
resultado al Congreso de la Nación. No habla de partidos. Las Asambleas
son el factor importante en cada uno de esos Estados y se asume que los
aspirantes se auto nombraban candidatos.
Los intereses al final, pudieron
más que las bondades implicadas en la Carta Magna. El Documento dejó las
puertas abiertas para mayores libertades pero en el tiempo de su
implementación, los factores humanos capaces de sostener el funcionamiento
del país, estaban dados por los productores del momento y la variedad de
intereses que fueron surgiendo durante el vertiginosos crecimiento
económico, alentaron la formación de facciones y no fue creada ninguna
enmienda para evitarlo y canalizar las diferencias.
Lo que vemos en Washington en
estos días, lo presenciado por más de un siglo desde que
Estados Unidos se estrenó en la arena internacional, no se parece
en nada, ni a lo expuesto en la Constitución aprobada en 1787, ni a lo
dicho por Washington ni a lo pensado por los representantes del poder que
hicieron posible una Guerra capaz de unificar, sin disolverlas, a las
Trece Colonias de la costa este del Norte de América.
Sin embargo, queda el espíritu y
la enseñanza de un Estado concebido sin partidos, ni facciones. Aunque
inaplicable cuando se hicieron los primeros trazados de su diseño, la
utopía de ser materializado, aun dentro de las condiciones inevitables de
una economía donde el mercado juega un papel de peso significativo, es
posible a la luz de las nuevas corrientes de pensamiento.
A pasos agigantados nos acercamos
al consenso de entender, que la revolución no está en la economía, sino
que reposa esencialmente en la confección de un nuevo orden estatal.
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