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3 de marzo de 2010 USA El poder un instrumento de la elite
En el Siglo XX, dos eventos electorales llevaron al poder a personas que significaron, desde el punto de vista popular, un hito en la historia política del país: Franklyn D. Rosevelt y John F. Kennedy.
De ambos, sólo Kennedy mostró un estilo diferente de la práctica sajona, la cual establece de facto, cierto distanciamiento de los gobernados, con evidente intención de no alterar los ánimos populares. Los procedimientos han consistido en no levantar oleajes sociales que puedan crear interferencias, sobre todo cuando surge la necesidad de aprobar leyes que afectan a las mayorías o cuando dejan de aprobarse por la oposición de los grandes intereses.
Kennedy fue asesinado. Su asesinato yace aún en el misterio y aunque todos los datos indican que se trató de una persona aislada, algunos analistas no descartan, que la complacencia de algún sector interesado en su desaparición, haya favorecido e incluso inducido, el plan del enigmático personaje que cometió el magnicidio.
Kennedy fue reemplazado por Lyndon B. Johnson y fue éste quien materializara la aprobación de los Derechos Civiles y creara el lema de la Gran Sociedad.
Pero Johnson no era el orador ardiente que fuera Kennedy, capaz de provocar una movilización de voluntades. Su gobierno abordó la solución de los problemas sociales del país sin que el discurso incitara los ánimos de una ciudadanía que había votado a favor de una sociedad verdaderamente nueva.
Cuando Roosevelt llega al poder existe una gran crisis que se arrastra desde el año 1929. Como Presidente desarrolló un programa llamado en inglés New Deal que, en su traducción al español, es interpretado generalmente como Nuevo Trato. En efecto, fue una manera nueva de tratar la economía por la participación activa asumida por el gobierno en su dirección. No fue la primera vez que la dirección política se involucraba con profundidad en la vida económica, pero sí la primera que lo hacna desde la perspectiva de aplacar los ánimos de los millones de afectados por la debacle financiera acaecida como consecuencia de la especulación. Tan profundamente llegó Roosevelt en las reformas, que una de sus innovaciones, el Seguro Social, es considerada la primera institución similar a los llamados Estados de Bienestar de Europa.
En el caso de Kennedy, su muerte temprana no permite analizar del todo la trascendencia de su papel como dirigente del país. Los aspectos acuciantes de su tiempo, consistentes en aplacar el malestar de las minorías negras y lograr otro tanto en Latinoamérica, fueron enfrentados. Para ambos, se buscaron soluciones. La menos efectiva fue la aplicada a los países del Hemisferio, pero de todos modos, la Alianza para el Progreso, significó una señal de que las cosas en el Continente Sur, no andaban tan bien como hasta el momento se habían presentado.
En cuanto al desarrollo interno del país, los pasos dados tuvieron un carácter pragmático, al igual que los puestos en práctica durante el Nuevo Trato o New Deal.
Ningún anuncio de cambio, algo común a las dos Presidencias mencionadas y arma de la campaña electoral del actual Presidente Obama, sentó los cimientos para un trabajo social duradero que hiciera posible la continuidad en la búsqueda de soluciones.
El voto ha posibilitado que mensajeros de cambios lleguen al poder, pero la dirección no ha procurado una integración de trabajo con esos votantes, capaz de garantizar que los mismos se pongan en función de eliminar los obstáculos que impiden implementar esas promesas.
Esta es la situación que vuelve a ocurrir con Obama. Imitando al pie de letra la tradición de gobierno y olvidándose de las mayorías que lo eligieron, demuestra una vez más la imposibilidad de romper el acerado cerco que significa el “establishment”. La actual situación indica que las buenas ideas del Presidente, expresadas en libros, conferencias y discursos, antes de ocupar el cargo, quedarán en los anaqueles de las bibliotecas que los conservan.
Aunque el “establishment” va más allá de quienes ocupan cargos de gobierno, no hay dudas que uno de los candados principales que impide la aprobación de leyes y la creación de nuevas instituciones, radica en le Congreso. Estados Unidos nunca ha podido avanzar en asuntos sociales al paso de Europa y otras naciones, porque el adormecimiento que favorecen sus niveles de vida, y el estilo pasivo de dirección que asumen dirigentes progresistas como Obama, han impedido la creación de un movimiento que permita renovar no sólo al Ejecutivo, sino al Legislativo. Esta última es una institución, que por estar compuestas por personas cuya reelección puede ser indefinida, se presta a servir de valladar para cualquier innovación exigida por la realidad de los tiempos.
Los procedimientos electorales han creado un espejismo que presenta las elecciones presidenciales como si fuesen el factor más importante de mando y representatividad, cuando en realidad esas características están dadas en el conjunto del Congreso. El otro poder, el Judicial, dejaría de tener la importancia sagrada que le otorgan, si el Legislativo se convierte en un objetivo importante para las juventudes, personas e instituciones interesadas en producir los cambios.
A veces da la impresión que los dirigentes del país tienen un temor patológico de contradecir el estilo de dirección. Mientras eso no se logre, la ciudadanía interesada en realizar aquellos cambios que los llevan a votar por los candidatos presidenciales que los prometieron, no avanzará en el camino de hacerlos posible.
El poder en Estados Unidos dejó de pertenecer a la base, poco tiempo después de constituida la República y se convirtió en un instrumento de la elite. Ese conjunto de intereses de inorgánica apariencia, que llaman “establishment”.
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