ESTAMPAS CUBANAS
Por: Nicolas Pérez Delgado
30 de junio  de 2011
 

 

La gorda Maria ve a Pánfilo

      Voy a contar una anécdota reciente que me contaron sobre el célebre Panfilo. Me lo contó la gorda María, que en serio se llama María Eugenia Tomás, jefa del equipo técnico de esta hora de Radio Miami, quien acaba de regresar de Cuba.

     Pánfilo merece no ser olvidado luego de que tanto lo publicitó la radio y la televisión de Miami. Lo entrevistaban telefónicamente casi a diario, enviaban reporteros a grabar su figura y su voz. Ya no. El hit parede pasó a un maratonista de huelgas de hambre, con 24 de ellas, y ahora a Reina Luisa Tamayo, quien pronto también pasará al olvido junto a la urna con sus queridos despojos de cenizas humanas.

     Pero Pánfilo, sin dudas, es un personaje de otro tipo. Quería jama, mucha jama. Y eso era lo que gritaba ante las cámaras. En el mundo hay decenas de millones que quieren lo mismo, pero su clamor se silencia, e, incluso, cuando mueren, no se insiste en que fue de hambre. Tal vez es así porque no son anticastristas o carecen del ángel histriónico de nuestro Pánfilo, negrón simpático y barriotero, piense como piense y diga lo que diga.

     Para la ciencia médica, Pánfilo es un dipsómano, pero para los socios del barrio es un asere que le mete al ron en la misma costura, aunque a veces se le vaya la chaveta, frases que se traducen  como que en la curda habla boberías. Pero para la prensa miamense, carente de héroes, es un nuevo Quintín Banderas.

     Pero la anécdota es la que sigue.

     Maria estaba en La Habana. Esa mañana hacía una gestión cerca de hotel Cohiba. Vio una cafetería con mesas al aire libre como a dos cuadras de Paseo. Un sitio agradable, fresco, despejado. A su frente, sólo la avenida, la acera, el famoso muro del Malecón y las olas del mar. Las mesas, casi todas, ocupadas, aunque el pago era en ceuce, moneda convertible.

     La gorda hacía rato que  no disfrutaba de las calorías ocultas en los panes con aceite y ajo del ritual mañanero en Radio Miami, del que no escapa ni su director Max Lesnik, y había bajado de peso. Pantalones que le ahorcaban la cintura ahora le quedaban holgados. Así que quiso premiarse con algo más que con el aire fresco y vitaminado del Malecón. Decidió comerse un buen pan con croquetas y entró a la cafetería.

     Casi todas las mesas que no estaban bajo techo estaban ocupadas. Ella se sentó de cara al Malecón. Una excelente vista. Carros nuevos que competían con otros antidiluvianos cruzaban por la avenida. Un joven entró a la cafetería con un maletín repleto de DVD que vendía a dos ceuce. María, a la espera que le frieran sus croquetas, se interesó y le compró cinco películas cubanas que fueron al Festival de Cine Latinoamericano celebrado en La Habana. Entretenida, revisaba las cubiertas de las películas cuando la sorprende el grito que Miami ha querido hacer de guerra, casi equiparándolo al de los mambises en las corajudas cargas al machete, y María recordó el ¡patría o muerte, venceremos! de los milicianos en Playa Girón. El de Pánfilo es otra cosa, es gastronómico, comilón: “¡Jama! ¡Jama!”, ocurrencia barriotera que él maneja bien.

      María se fijo en Pánfilo. Nunca lo había visto en persona. El negro estaba fuerte… entero, como dicen los cubanos. Estaba muy limpio, con camisa clara de mangas cortas.

    ---¡Jama! ¡Jama! –gritó de nuevo, entró al lugar y con una risita socarrona, como el que sabe lo que está haciendo, se anunció--: ¡Caballeros, aquí está Pánfilo! ¡Qué volá con la jama de Pánfilo!¿No hay una cervecita pa Pánfilo?

     En una mesa había unos jóvenes que tomaban cerveza. “LLégate, Panfilo”, le dijeron y Pánfilo se incorporó a la mesa. “¡Jama, caballeros! ¡Jama, que la cosa está dura dura!”, repetía Pánfilo en alta voz.

    Las croquetas estaban exquisitas, de pescado. María, para acompañarlas, pidió una Bucanero. Pánfilo decía que tenía tremendo contacto en la SINA, sigla en inglés que identifican a la oficina de intereses de los Estados Unidos en La Habana, a unas pocas cuadras de allí, y reía gozoso, con toda la boca. Y entre buche y buche de cerveza seguía a grito pelado el estribillo que en Miami le dio fama: ¡Jama!, ¡jama!

      Al rato, los jóvenes que lo invitaron, parece que hartos de la gritería o porque querían conversar sus asuntos, le dijeron: “Bueno, mi socio, vete echando que ya te tomaste tu latica”.

      Pero el pobre Pánfilo sin dudas quería otra cervecita y no se levantaba, aunque los jóvenes le decían: “Dale, viejo, dale ya”.

      María disfrutaba con deleite de las croquetitas y del inusitado espectáculo de Pánfilo no queriéndose ir cuando a escena entró el que parecía ser el parqueador de la cafetería y del edificio aledaño. Era un mulato grande, rollizo, quien situó su mano sobre el hombro de Pánfilo y le dijo: “Vamos, asere. vamos ya”.

     Pánfilo se levantó y el mulato, le echó su pesado brazo sobre los hombros. María no pudo determinar si lo sacaba o lo acompañaba afuera. Pánfilo, ya en la acera, lanzó de nuevo su estentóreo grito de guerra y a regañadientes echó a andar en dirección al Hotel Nacional.

     La gorda María pidió otra ración de croquetas para llevarse y dijo al camarero: “Este Pánfilo es tremendo”, y el camarero respondió que sí, pero que “todos los días era la misma candanga: llega y grita jama y jama y pide de beber. Ya cansa, compañera”.

     La gorda María  dejó la propina, dijo gracias y abandonó el lugar contenta por partida doble: por las croquetitas y por haber visto de cerca a la viva estampa de un héroe del exilio miamenese.

      
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