04 de agosto de 2011,
09:45Por Luciano Castillo*
La
Habana.- Cuenta el cineasta cubano Fernando Pérez que al orquestar su
magistral e inclasificable Suite se propuso filmar un día con La Habana
y su muchedumbre como protagonistas.
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Esto lo condujo a preguntarse: “¿La Habana
es una sola? ¿Cuántas Habanas existen?”. Cada uno de los cinco
personajes entrecruzados en el tejido vivo de la ciudad que tanto ama, a
lo largo de apenas 24 horas, representa “la curiosa diversidad de grupos
sociales que se mueven en La Habana de hoy. Porque no hay una sola
Habana: hay muchas Habanas invisibles y distintas para vivir”.
Comparte plenamente esos criterios Ian Padrón
(La Habana, 1976) en Habanastation (2011), su ópera prima en el
largometraje de ficción, cuya finalidad es definida desde su frase
promocional.: “Una misma Cuba, dos Habanas distintas”. Justamente
abordar esas diferencias entre estratos sociales de innegable existencia
constituye el punto de partida del guion escrito por el dramaturgo
Felipe Espinet.
“En la escuela todos parecíamos iguales por el
uniforme, pero éramos muy distintos -expresó Ian Padrón en una
entrevista reciente-. Siempre he sentido que hay muchas Cuba dentro de
Cuba”. Las vivencias del propio realizador, criado en un medio distinto
y habitante de una zona diferente a la de un amigo de su infancia que
vivía en el barrio conocido como La Timba, cimentaron el argumento con
elementos autobiográficos.
Basta despojar a los chispeantes diálogos de
esos vocablos tan criollos para que la historia de esta película pueda
descontextualizarse para ser situada en Hong Kong, Johannesburgo, Nueva
York, Río de Janeiro o en cualquier confín del mundo. En ello estriba
uno de sus méritos esenciales, confirmador de aquella máxima del viejo
Jean Renoir: “Mientras más local, más universal”.
Mayito es hijo de un famoso músico que viaja
constantemente al extranjero, y piensa que, con los costosos regalos,
suplanta la atención ameritada por el muchacho. Toda su educación recae
sobre su mamá, representante al mismo tiempo del esposo.
Ambos prefieren las interminables horas
invertidas frente al Playstation en su confortable mansión de Miramar a
la posible “contaminación” con amigo)os. El extravío del niño al
terminar un desfile del 1 de Mayo en la Plaza de la Revolución, al cual
asistió en representación de su escuela, marca un viraje en su modo de
ver la vida en solo un día que para él señalará un antes y un después.
Va a parar a La Tinta, un barrio aledaño a la
plaza, donde encontrará a Carlos, compañero del aula, de comportamiento
rebelde según sus profesores. Vive allí en una modestísima vivienda en
compañía de su abuela, pues es huérfano de madre y su padre “está
trabajando en Oriente”. )zona oriental de la isla)
A partir de la primera confrontación, los
muchachos se ven involucrados en disímiles situaciones reveladoras de
dos mundos diametralmente distintos en las que son enfrentados el
egoísmo a la generosidad y el desinterés, la valentía frente a la
cobardía.
Las antinomias se imponen en una relación
fructífera para el dueto de la cual Mayito -quien conocerá hasta la
primera atracción amorosa- saldrá con una mirada diferente sobre la
realidad circundante, más allá de las asépticas paredes de su residencia;
en tanto, Carlos experimentará la satisfacción de transmitirle todo ese
caudal de experiencias adquirido en las calles. Aunque se trata de su
primer largometraje, no es Ian Padrón un novato en estas lides, para
apelar a un término deportivo en alguien tan apasionado por el béisbol y
en especial por el equipo Industriales, al que dedicara su excelente
documental Fuera de liga (2003).
Graduado de Dirección en la Facultad de Medios
Audiovisuales del Instituto Superior de Arte, Ian atesora otras
incursiones en esta categoría: El making de Amor vertical (1997), Faja’o
con los leones (1998), en torno al cantautor Carlos Varela, Luis
Carbonell: después de tanto tiempo, en 2001 sobre el más célebre
declamador criollo, y Eso que anda (2010), tributo a las cuatro décadas
de existencia de esa representativa orquesta popular que es Los Van Van.
Sobresale entre ellos Eso habría que verlo,
compay (1999), sensible homenaje a la figura de su padre, el admirado
creador del emblemático personaje de Elpidio Valdés -para cuyos cortos
el bisoño Ian aportara no pocas ideas argumentales al punto de llamarse
guionista-. No por gusto el público cubano de Habanastation disfruta
particularmente aquella secuencia del juego de los muchachos acompañada
por una referencia musical a Elpidio Valdés. Es la reelaboración de uno
de los temas compuestos por Daniel Longres para el primer largometraje
de animación en la historia del cine cubano.
En Motos (2000), su primer corto de ficción, Ian
Padrón evidenció el cuidado en la selección, la dirección de los
intérpretes y muy especialmente en el guion, esa columna vertebral de
todo filme tan menospreciada por algunos que olvidan, por mucho
presupuesto, eficiente equipo técnico y un elenco de primera magnitud
disponibles, que un mal guion nunca ha generado una buena película.
Ese esmero se percibe en Habanastation de la
primera a la última secuencia por la estructura de las escenas, la
concepción de cada uno de los personajes, no solo los protagónicos
pletóricos de contradicciones e incertidumbres, sino también de los
episódicos. Estos últimos fueron asignados a toda una constelación de
excelentes figuras desde los veteranos Raúl Pomares y Miriam Socarrás a
los efectivos Omar Franco, Evert Álvarez, Rigoberto Ferrera, René de la
Cruz, Herón Vega, Pedro Fernández o Jorge Ryan, sin olvidar el desempeño
no menos eficaz de la debutante Claudia Alvariño como la maestra.
Para los padres fueron escogidos el siempre
convincente Luis Alberto García y Blanca Rosa Blanco, actriz poseedora
de esa rara simbiosis de belleza y talento, que papel tras papel
consolida su ductilidad y profesionalismo en una trayectoria in
crescendo.
Una década duró el proceso de gestación de
Habanastation desde que en el año 2000 este argumento no resultara
elegido en la convocatoria promulgada por el ICAIC para integrar tres
cortos en un largometraje, de la cual surgió Tres veces dos (2003), con
la dirección de Pavel Giroud, Lester Hamlet y Esteban Insausti.
Al cabo del tiempo la sagacidad de la productora
Vilma Montesinos descubrió en esta historia presentada por Ian Padrón
todas las virtudes y posibilidades para devenir la primera producción
audiovisual de la exitosa compañía teatral La Colmenita aunada a la Casa
Productora del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT).
Fue esta entidad la que permitió junto a El
Ingenio (de nombre tan sugerente) y una firma francesa, que llegara a la
pantalla Viva Cuba (2005), de Juan Carlos Cremata, película pionera en
el cine nacional generado a partir de 1959 en el protagonismo de los
niños.
El enorme poder de comunicación con todo tipo de
público de esta hermosísima cinta lo avaló un rotundo triunfo nacional e
internacional y la avalancha de premios recibidos desde la irrupción en
el Festival Internacional de Cine de Cannes. Más tarde, mientras el
guión titulado Pleiesteichon aguardaba en una gaveta por una ocasión
favorable, Pavel Giroud debutó en el largo con La edad de la peseta
(2006), en el que el punto de vista de la narración era conferido a un
niño si bien el destinatario eran los adultos.
Fue en ese hervidero de creación que es La
Colmenita, animado por Carlos Alberto (Tin) Cremata, ese incansable
promotor, que Ian Padrón halló a los protagonistas ideales para su
historia: Ernesto Escalona (Mayito) y Andy Fornaris (Carlos). Tanto
ellos como todos aquellos niños y jóvenes que les circundan en el
reparto, formados bajo el magisterio de Cremata y su trouppe -como antes
lo fueran los de Viva Cuba y los de Y sin embargo se mueve, próximo
estreno de Rudy Mora-, consiguen una admirable actuación de conjunto,
sin quedar a la zaga de los consagrados.
Su naturalidad ante la cámara de Alejandro Pérez,
director de fotografía de amplio desempeño en el videoclip, algunos de
estos dirigidos por Ian Padrón, es digna de encomio. En ningún momento
se advierte en ellos, hasta en los que aparecen fugazmente en la
secuencia de la escuela, el menor lastre teatral o el atisbo de algún
nefasto vicio televisivo.
Consciente de las limitaciones presupuestarias
de una producción “ciento por ciento cubana”, sin la menor participación
foránea, con esta sola película Ian Padrón muestra su capacidad de
convocatoria para rodearse de un equipo competente a más no poder. A la
destreza del fotógrafo se suma la del editor José Lemuel para conferir
el mayor dinamismo posible al ritmo, el director asistente Hoari Chiong
(su colaborador desde los tiempos de Luis Carbonell…) y el productor
Noel Álvarez. Otro de los aciertos es la banda sonora, con la
contribución de Javier Figueroa y el aporte del compositor René Baños,
la sonoridad peculiar de Alexis de la O, ejecutor de Nacional
Electrónica, y hasta una conga interpretada por el dúo Buena Fe en los
créditos finales.
Como Fernando Pérez y Juan Padrón, cinéfilos
antes que cineastas, es evidente que al concebir esta película, Ian
Padrón pensó primero en el espectador que es y en transmitir aquello en
lo que piensa, siente y cree, para parafrasear al propio Fernando a
propósito de Suite Habana. “Siempre trabajo para el público cubano, para
emocionarlo y hacerlo reír”, confesó Ian al enfatizar la inexistencia de
alguna diferencia cardinal entre este largometraje primigenio y sus
títulos precedentes. “Mi tesis es que la sociedad cubana debe
reconocerse a sí misma en su diversidad y sus problemáticas reales -añadió.
El igualitarismo no conduce a ningún lugar interesante”.
Quienes peinamos canas desde hace algún tiempo,
añoramos aquel cine del desaparecido campo socialista consagrado al
público infantil y adolescente, pero que por sus preocupaciones y
profundidad trascendía al de los adultos. En la memoria perduran las
creaciones de los checos Vera Plivová-Sinková (Llegó la feria, Los tres
traviesos…) y Karen Kachyna (Un tren a la estación cielo, La pequeña
Robinson…); el polaco Janusz Nasfeter (Mariposas); el búlgaro Dimiter
Petrov (Los erizos nacen sin púas); el alemán Herrmann Zschoche (Siete
pecas) o la soviética Dinara Asanova (Al pájaro carpintero no le duele
la cabeza, Muchachos), por solo citar algunos exponentes cimeros.
Gracias a Viva Cuba y Habanastation, respiramos
aliviados ante las perspectivas de que constituyan antecedentes para
proseguir esta tendencia en nuestro ámbito.
Cinéfilo antes que crítico, prefiero
diferenciarme de los exegetas de esa cada vez más generalizada y
aplaudida tendencia de los “tediometrajes”, orgulloso de pertenecer a
esa rara especie en vías de extinción de los críticos cinematográficos
que aún exigen y demandan de una película la capacidad de emocionar.
Habanastation lo consigue de principio a fin,
sin pretender la risa fácil y las jugarretas melodramáticas, o para
decirlo en el lenguaje de algunos colegas, sin manipular a los
espectadores. Nada importa que la marca fabricante de los equipos
Playstation, rechazara la propuesta del título original: Pleiesteichon (pronunciación
muy nuestra del término anglosajón).
Faja’o con esos voraces leones del comercio, al
igual que Buñuel con los felices hallazgos provocados por la censura,
Ian Padrón encontró el muy preciso de Habanastation, dotado de la
capacidad de no ser desatendido por los espectadores de todas las
generaciones -no solo en la isla-, que agradecemos una película fuera de
liga, plena de autenticidad y cubanía como esta.
ag/lc
*Crítico de cine, ensayista y periodista cubano.
Colaborador de Prensa Latina. |