LA OPINION DEL DIA
Por:  Jorge Gómez Barata
          5 de octubre de 2011

                                                              

                                                         UNA NOVEDAD LATINOAMERICANA

La propuesta de cierto sector del FMLN de El Salvador, ahora en el gobierno, de utilizar las palancas del poder para construir una especie de “estado de bienestar”, me ha parecido sumamente interesante; no por la novedad, sino por el escenario y el realismo. No se trata a mi juicio de la única opción, sino de la mejor, como mínimo de la más sensata.

 

A mediados del siglo XIX, acompañando a un proceso de desarrollo económico sin precedente se forjó la izquierda europea cuyo crisol fueron las luchas obreras y confrontaciones políticas, primero espontáneas y luego conducidas por sindicatos, partidos socialdemócratas y organizaciones  avanzadas como la Primera Internacional. El objetivo inmediato era confrontar al “capitalismo salvaje” y mejorar la situación de los trabajadores, en lo cual se registraron avances que hicieron popular al socialismo.  

 

Mientras en Europa la clase obrera asumía un rol protagónico, debutaban el sindicalismo, el comunismo, la socialdemocracia y el movimiento socialcristiano, América Latina no lograba desprenderse de las estructuras económicas impuestas por la colonización que durante 300 años paralizaron a la región.

 

El atraso político derivado de la parálisis económica impidió que se estructuraran vanguardias capacitadas para plantearse metas más altas. Carlos Marx vivió lo suficiente para felicitar a Abrahán Lincoln por su posición ante la esclavitud pero no para verla abolida en el Nuevo Mundo. Marx murió en 1883 y la esclavitud no cesó en Brasil hasta tres años después, en 1886

 

No obstante la difusión de las ideas de la Ilustración, los ecos de las revoluciones en Estados Unidos, Francia y Haití y fragmentos del ideario socialista permitieron los brotes de liberalismo autóctono que debutó en las luchas por la independencia. Con esas premisas se crearon las primeras agrupaciones socialistas y avanzado el siglo XX, bajo la influencia de la Revolución bolchevique aparecieron los partidos comunistas. Cuando en 1920 el socialista Alexandre Millerand se convertía en primer ministro de Francia, apenas si existían minúsculos partidos socialistas o comunistas en América Latina.  

 

El proceso esta descrito en una vasta literatura histórica y política al alcance de todos y explica como la liberación de las fuerzas productivas y el progreso económico y no a la inversa auspiciaron el proceso mediante el cual surgieron las grandes corrientes políticas que actuando en los escenarios internacionales han conducido al presente donde, pese a fenómenos circunstanciales, el protagonismo del pensamiento avanzado es visible.

 

Sin desdorar lo decisivo que para el desarrollo económico e institucional resultaron, entre otras, las administraciones de Cárdenas en México, Getulio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina, en América Latina el subdesarrollo y la dependencia económica impusieron un  atraso político todavía visible. Lo uno condiciona lo otro.  

 

En los últimos diez años, conducida por el variopinto mosaico formado por la nueva izquierda latinoamericana, América Latina se actualiza, recupera el tiempo perdido y sumando fuerzas trata de instalar modelos políticos asociados al progreso económico, la inclusión social y la lucha contra la pobreza.

 

Aquí y ahora no se trata de tomar el poder para aplastar o suprimir a las clases vencidas ni para probar que existen doctrinas políticas mejores que otras, sino para formar aéreas de consenso en torno a la pertinencia de avanzar en el desarrollo económico con equidad social, implantación de la justicia distributiva y por esos caminos crear movimientos de amplia base, profundizar el desarrollo político de las masas y, en la medida de lo posible, plantearse metas más avanzadas.

 

Probablemente haya opciones más radicales pero este no es su momento ni su escenario. Allá nos vemos.

   

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