CRONICAS DE MIAMI
Por: Nicolas Perez Delgado
         6 de octubre de 2011

Correo electrónico de un exiliado a un amigo profesor 

       Profesor, usted que ha enseñado en numerosas universidades y que conoce tanto de literatura, desde el viejo Homero hasta el egipcio Salman Rushdie, pasando por supuesto por José Angel Buesa y Jorge Luis Borges, valore lo que estoy pensando: nuestro exilio, no obstante tanto dinero, tantos periodistas, folletos, publicidad, locutores, radio, televisión, carece de la épica, de la gesta, de la leyenda que recrea y enaltece lo que la historia suele pasar por alto. Y no es que no tengamos buenos escritores. Los hay, y hay novela, cuento, poesía, testimonio, historia, y se hace teatro y se ha hecho hasta cine. Pero nos falta el ambiente, la atmósfera que despierta orgullo y nos hace soñar que somos el protagonista de una aventura justa y heroica.

       Pero nuestro exilio carece de héroes, del personaje que arrastra la estrella que Martí dijo relumbra o mata. Será, profesor, que me he americanizado y creo que lo nuestro debe asemejarse a lo de este gran país, donde apenas partieron las carretas de los primeros colonos que conquistaron el Oeste, nació la leyenda de un Búfalo Bill cabalgando sobre un caballo blanco cuando la justicia individual de la Colt 44 era tan legal como acudir hoy a los tribunales, linchar al ladrón de un caballo era una fiesta y el duelo frente a la cantina, un espectáculo. Pero cawboys aparte, el exilio debía tener ya algún personaje,  aventurero, corajudo, un anticastrocomunista que embelese a todos con sus hazañas. Pero algo pasa. No nace.

     En Estados Unidos sobran estos tipos, hasta en los muñequitos. En Cuba, también. ¿Por qué en el exilio no? Usted sabe, profesor, que Búfalo Bill fue un jefe de exploradores que mató búfalos e indios a montones, bebedor de campeonato, mujeriego, y que con una casaca de flecos y polainas blancas inventó más tarde el espectáculo western, se hizo millonario y con mano generosa dilapidó hasta el último dólar.

     Hay algo que no entiendo, profesor. Algo que está mucho más allá de la buena prosa y de un estilo depurado. Analice a Guillermo Cabrera Infante, uno de nuestros tres premios Cervantes; los otros dos murieron en Cuba. ¡Qué libro Tres Tristes Tigres! Hizo de la Habana bohemia un personaje vivo, un mito, un gozo. Antes había escrito un maravilloso libro de cuentos: Así en la guerra como en la paz. Pero en Londres, donde se exiló, su pluma no alcanzó lo que se esperaba de él. Mantuvo su excelente estilo, sus ingeniosos juegos de palabras, su limpia forma de contar. Pero hasta ahí. Superlativo enemigo del castrismo eso sí fue, y aunque sobre cine fue lumbrera, su imaginación tampoco logró crear una estrella anticastrista.

   Trato de empatar ideas, profesor. ¿Cuánto horror, cuánta angustia, hemos contado en prensa, radio y televisión sobre las cárceles de Cuba? Profesor, Pablo de la Torriente Brau no tuvo historias tan terríficas, según las que cuentan aquí. Pablo de la Torriente fue un romántico comunista de los años treinta y un excelente narrador, con cubanísimo sentido del humor. Yo leo a todos. Pablo, que murió en España de un balazo mientras peleaba por la República y no a causa de una indigestión de camarones en un Café Versalles madrileño, creó con fuerza, con belleza e imaginación historias imborrables de guajiros, estudiantes, de milicianos antifascistas y de los horrores en las circulares del Presidio Modelo del dictador Gerardo Machado.

     Oigo decir que el exilio es muy joven, que falta tiempo para el desarrollo de sus autores. Pero el exilio tiene más de medio siglo. Comenzó de corre corre un primero de Enero. Enseguida comenzaron los juicios revolucionarios y fusilamientos que tanto satanizamos, pero aquí no existen narraciones con valor literario sobre tan dramático tema. Yo recuerdo un cuento. Se titula Bajo luna llena, pero paradójicamente fue publicado en Cuba. He perdido el nombre del autor, pero narra la última noche de un capitán del ejército rebelde que se vira contra Castro y cae preso en combate. El comandante que lo captura, compañero suyo cuando ambos tiraban tiros como rebeldes, va a la celda, a despedirse, y le dice: “Guajiro, cuál es tu última voluntad”. Uno, que lee, se pregunta: ¿qué pedirá en trance tan aciago? Y el que va a morir dentro de unas horas pide una caja de Hatuey y un pollo asado,  y se bebe las cervezas que comparte con los custodios y se come el pollo, y antes del amanecer, medio curda, dirige su pelotón de fusilamiento. Pero no grita ni ¡Viva Cristo Rey! ni ¡Viva la democracia! Ordena “preparen” y “apunten” , se abre la camisa y señala hacia el cielo con la mano extendida y dice a los rostros ocultos tras los fusiles en línea frente a él: “Ven esa Luna llena; ahorita le paso por el lado como un peo”. ¡Fuego!”. Con ese fuego, fuego del corazón, no se escribe aquí, profesor, ¿por qué?

     Pero me disculpa. Tocan a la puerta. Así que haré clic en send  y en otro momento volveré sobre tan peliagudo tema para que me oriente, y reciba un abrazo de quien siempre se sentirá alumno suyo.

                                                                          

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