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7 de octubre de 2011
El retiro del sargento Jubiel
Para el exilio miamense, Satanás sería un angelito a la vera del Che Guevara. El argentino, que peleó en tres guerras, fue asesinado a sangre fría cuando herido, indefenso, estaba en el suelo de una pobre escuelita del caserío boliviano de La Higuera. Era la una y diez de la tarde de un día domingo y antes que el suboficial asesino le incrustara dos ráfagas de M-2, el hombre que se convertiría en mito, dijo: “Tira, cobarde, que vas a matar a un hombre”. Después otro suboficial le hace un disparo al Che cadáver y un soldado repite la acción, como presintiendo que ese hombre era imposible de matar. El cuerpo se lo llevan amarrado en el patín de un helicóptero. Claro que este exilio no podrá jamás poseer un mito como el Che Guevara. Por eso lo odian con tanta ferocidad. Lo acusan sobre todo de los fusilamientos que a principio de la Revolución se ejecutaron en La Cabaña. Fusilados que poco antes sacaron uñas, quemaron con tabacos, destrozaron testículos, reventaron espaldas a golpes de bicho de buey, incluso llegaron a introducir un hierro en la vagina de una mujer. Fusilados que se ensañaban sobre todo en jóvenes desarmados; algunos, según las leyes norteamericanas, niños, pues tenían menos de 18 años de edad. Incluso el periodista norteamericano Jules Dubois, dirigente de la Sociedad Interamericana de Prensa y agente de la CIA, en esos días reportó sobre un policía condenado a muerte que confesó el asesinato de nada menos de diecisiete jóvenes. Aquellos tiempos fueron así. Yo los viví con intensidad y a la mente me viene ahora un compañero, el Chino Orta, Silvio Orta. Cayó preso en el regimiento de Pinar del Río. Con la naturalidad de las faenas diarias, sus torturadores tomaron unas chancletas de palo, lo amarraron desnudo, le abrieron las piernas y entrechocaron los dos palos de las chancletas con sus testículos en medio. En enero de 1959, Fidel Castro, con toda razón, comparó los crímenes de la dictadura de Batista con los que se juzgaron en Nuremberg y reiteró el derecho de los cubanos a hacer igual justicia. Hace poco, este cronista estuvo de visita en Cuba y en una pequeña librería de la Callé 25, entre O e Infanta, encontró el libro Los viejos de mi país, escrito por Juan Carlos Fernández, un viejo y gran amigo, periodista de la revista Moncada que murió hace siete años aquí en Miami. Releí el libro, de un gran interés histórico. En su página 69 encontré el testimonio de un señor llamado Maximiliano Jubiel, quien refiere su experiencia con el chacal asesino que, según los batistianos de Miami, era el Che. Así contó: “Yo era el sargento jefe de puesto del cuartel de Güinía de Miranda cuando el Che lo atacó. El combate empezó a las diez y cuarenta de la noche y nos rendimos a las cuatro y media de la mañana. Antes de hablar con los prisioneros el Che ordenó que acomodaran a nuestros heridos, y él, personalmente, les prestó los primeros auxilios. “Luego me llamó y me expresó que no tenía nada contra mí, que podía marchar para la casa, y así lo hice. A las cinco de la mañana ellos regresaron a las lomas y dejaron el poblado en poder de sus ciudadanos. “A las cuatro de la tarde de ese día me presenté en Fomento, donde está mi jefatura, e informe de lo ocurrido. Solicité los trámites de mi retiro, pues llevaba 35 años y 19 días de servicio. Cinco días más tarde llegó el Che con sus hombres, rodeo el cuartel y atacó. Combatió por espacio de tres días y tres noches, hasta que finalmente lo tomó. “Al verme me preguntó qué hacía allí. Le expliqué. Él me escuchó pacientemente y me dijo: “Vaya para su casa que yo me voy a ocupar de su retiro. Y me regaló dos tabacos. “Yo no me fui: me quedé en Fomento. Posteriormente el Che entregó los prisioneros a la Cruz Roja para que los trasladaran a Santa Clara. Fui a verlo y le pedí que me dejara ir con ellos para seguir tramitando el asunto de mi retiro. Le insistí tanto que me autorizó. “En Santa Clara no pude ver al coronel ni entrevistarme con ninguno de los jefes para tramitar mi retiro, pues nos internaron en las caballerizas en calidad de detenidos para que los guardias que defendían esa fortaleza no conocieran lo que realmente sucedía. “El 24 de diciembre de 1958, a las cinco de la mañana, el Che comenzó el ataque a este lugar y cinco días después lo tomaba. Los rebeldes, al verme, me condujeron junto al Che, quien me miró sonriente y me dijo: “Bueno, Jubiel, si quieres puedes seguir para La Habana, que nosotros vamos a atacarla también. “Yo sólo atiné a contestarle: “No, allá no conozco a nadie. Ahora si voy para mi casa. “Al día siguiente triunfó la Revolución. Días después mandó un carro para trasladarme hacia La Habana. Ese mismo día llegué a La Cabaña y me entrevisté con él. ”Bien, Jubiel –me dijo--, vamos a arreglar el problema de su retiro”. Y me ayudó a hacer los trámites”. Así terminó su testimonio un sargento que apenas un par de semanas atrás había combatido, incluso como jefe de un cuartel, contra el Che Guevara y sus peludos y barbudos guerrilleros. Y el hombre que ocho años después sería vilmente asesinado en una escuelita boliviana de puertas de madera mal encajadas, hombre que sería mito, leyenda, resolvió el retiro del sargento Jubier desde la vieja fortaleza de La Cabaña, sitio histórico donde se ejecutaba la pena de muerte desde los tiempos de España y donde después a muchos desnucó el garrote vil. Durante la Segunda Guerra Mundial, entre sus muros se fusiló a un espía alemán. El Che Guevara no era parte de ningún tribunal revolucionario, que eran los que condenaban a muerte y donde las familias de los jóvenes asesinados y torturados a gritos pedían paredón para los culpables.
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