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ESPIONAJE, VENGANZA Y POLÍTICA
Por estar separado de Europa por cuatro mil kilómetros y por practicar una política aislacionista en Estados Unidos durante décadas no fueron frecuentes las intrigas diplomáticas y el espionaje al estilo del Viejo Continente. El hecho de que los fundadores de los Estados Unidos practicaran un liberalismo raigal que se expresó, entre otras cosas, en la forma como en la Constitución plasmaron el delito de traición, precisando que: “La traición contra los Estados Unidos sólo consistirá en hacer la guerra en su contra o unirse a sus enemigos…” Ese modo de enfocar las cosas creó un clima de tolerancia y cierta indulgencia ante las posiciones que en otras latitudes suelen ser consideradas como actos de traición. Sólo en 1917, 141 años después de la independencia, en Estados Unidos se dictó una ley contra el espionaje. La ley contra el espionaje fue complementada por la de la Sedición de 1918 que penalizó con hasta 20 años de cárcel a críticos y opositores a la guerra. Algunas crónicas cuentan que la guerra puso en Estados Unidos fin al derecho al disenso. Veinticinco años después, cuando el fascismo había ocupado prácticamente a toda Europa y avanzaba con su proyecto de establecer un milenio nazi, en 1941, tres líderes, excepcionales, Roosevelt, Churchill y Stalin establecieron una cooperación que les permitió encabezar las fuerzas que entonces, se llamaron “los aliados”. Aunque entre Roosevelt y Stalin hubo cierta empatía y entre ellos reinaba un espíritu de confianza, la buena fe no llegó hasta informar al líder soviético de los trabajos para crear la bomba atómica, de lo cual fue excluido. En torno a aquellos eventos que comenzaron por el proyecto Manhattan y terminó con la utilización de la bomba atómica contra Japón, se desplegó en Estados Unidos una intensa propaganda triunfalista que resaltaba el monopolio norteamericano sobre el arma atómica. Los estadounidenses quedaron perplejos cuando el 29 de agosto de 1949, la Unión Soviética debutó como potencia nuclear. La reacción fue atribuir el éxito soviético al espionaje. Comenzó así, a partir de una conclusión preconcebida, la cacería de espías atómicos. El éxito soviético y la reacción norteamericana ocurrieron en un momento en que la situación mundial estaba dominada por la Guerra Fría y la política interna norteamericana por el macartismo. En aquel ambiente, en 1950 científicos como Klaus Fuchs, Alan Nunn participantes del proyecto Manhattan, fueron acusados de proveer información nuclear a la Unión Soviética. Fuchs fue encontrado culpable y condenado a catorce años de cárcel y, cumplido nueve fue liberado, a Nunn se le condenó a 10 años de los cuales cumplió seis. El punto más alto de esta cacería tuvo como eje a los esposos Rosemberg que en 1953, como parte de un discutido proceso, fueron encontrados culpables de espionaje atómico. Al margen de lo discutido de aquel caso, lo que importaría destacar ahora es que, David Greenglass, sargento del ejército, hermano de Ethel Rosenberg (de soltera Ethel Greenglass) fue la única persona que en aquel proceso se declaró culpable de haber entregado a los soviéticos los secretos nucleares, razón por la cual fue condenado a ¡15 años de prisión! De ellos cumplió 10. La suma de las condenas a los dos científicos del proyecto Manhattan hallados culpables de entregar información nuclear a la Unión Soviética y la del sargento Greenglass, quien confesó haber reclutado a los esposos Rosemberg fue considerablemente menor que la recibida por uno sólo de los Cinco Héroes cubanos condenados en Estados Unidos por acusaciones que nunca fueron probadas y que no perjudicaron a ninguna institución, al gobierno o al pueblo norteamericano. Las condenas a los Cinco patriotas cubanos son incompatibles con la tradición jurídica norteamericana, no son coherentes con el hecho de que Estados Unidos y Cuba no están oficialmente en guerra, ni son resultado de un proceso jurídico normal, sino un producto anómalo de un clima de venganza política que hacen de Miami un lugar completamente inadecuado para este tipo de ejercicio. Tal vez hubiera bastado comparar la culpa atribuida a cualquier de los Cinco contra con los cargos probados a Greenglass, Klaus Fuchs o Alan Nunn para probar la desmesura y la injusticia. |
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