Terremoto en
Chile, el mito liberal
Escuchando un programa televisivo
sobre Chile el domingo en la mañana y hablando posteriormente
con un amigo cercano, llegué a la conclusión de escribir
brevemente sobre los acontecimientos sociales y políticos de ese
país.
Chile fue colocado en la primera
página de todos los periódicos del mundo, durante la dictadura
de Pinochet. No para desacreditar la tiranía que, durante años
implantó éste general golpista, quien además fue culpable de
crímenes horrendos, sino para ensalzar los supueestos avances de
la economía chilena. Chile fue convertido en el ejemplo clásico
de un milagro económico que, según aquella propaganda, sólo
puede ser producido con los mecanismos de una economía liberal.
El autor del supuesto milagro fue
Milton Friedman. En el trasfondo del desarrollo sectorial
alcanzado, estaban presentes los grandes intereses
estadounidenses y las empresas emparentadas o complementarias de
Europa, que recibieron privilegios de todo tipo. La segunda
lectura de dicha propaganda resultó del marcado interés de
Washington para justificar el asesinato del Presidente Salvador
Allende, planeado en suss centro de inteligencia.
Con la historieta hollywoodense
del milagro chileno, que algunos llegaron a comparar con el
llamado milagro alemán posterior a la Segunda Guerra Mundial,
Pinochet pudo conservar el poder y realizar una labor
“profiláctica” de crímenes contra dirigentes y militantes de
izquierda, convenientes a los planes de “la contención comunista
en el Continente”, elaborada en esos años por Estados Unidos.
El Producto Interno Bruto de
Chile llegó a cifras poco comunes para un país pobre. Grandes
industrias fueron puestas en funcionamiento y los recursos
capitales pasaron a formar parte de las riquezas privadas de
algunos intereses, que se beneficiaron con la reparticipación.
La teoría de que el Estado no
interviene en la vida privada, se convirtió en un lema
tenazmente defendido por aquellos que se benefician de su
intervención cuando tienen problemas.
Se crearon barrios elites y los
antiguos donde había vivido la oligarquía tradicional, crecieron
en “modernidad”, convirtiéndose el lujo en símbolo del saber y
las maneras rebuscadas en índice de educación.
Todo fue bello y Chile fue
comercializado como un país del primer mundo, hasta que llegó el
terremoto de 8.8 en la escala Richter.
El terremoto ocurrió en la región que ocupa la
ciudad de Concepción, la cual tiene poco más de
200,000 habitantes. Hasta ahora
las cifras de muertos reportados no sobrepasan los 800. Sin
embargo los damnificados superan los dos millones. Todos sabemos
que en una conflagración los heridos son una carga superior a
los muertos, en términos de los recursos que deben emplearse
para mitigar dolores y salvar la vida de los heridos.
A pesar de que Chile contaba al ocurrir el
siniestro con un gobierno progresista, las estructuras básicas
del país eran y siguen siendo, mismas que se implementaron
durante la dictadura de Pinochet. Las inversiones privilegiadas
en el Chile de la dictadura y los beneficios comerciales que se
le otorgaron, tenían el doble objetivo de presentarle a
Latinoamérica una “muestra viva” de lo que es capaz de
hacer el liberalismo y en
segundo lugar esconder, bajo los triunfalistas titulares de la
noticia, los asesinatos y el horror causado por el derrocamiento
de un gobierno democráticamente electo. Para Estados Unidos era
de vital importancia demostrar que las sociedades viven mejor
manteniendo un mínimo de relación con el Estado y por ende, del
gobierno que lo administra. De esa manera dejan las manos
sueltas a los grandes conglomerados económicos.
La población chilena vive en una
independencia tal del Estado que unos segundos después de
ocurrido el desastre no tenían mecanismos de socorro a los
cuales recurrir. La sociedad civil no fue integrada en forma
alguna para hacerle frente a una catástrofe de esta naturaleza
ni de ninguna otra.
El vacío creado por el terremoto
en pocas horas, se convirtió en un gigantesco abismo para los
pobladores de Concepción y aun para personas acomodadas de la
Capital.
Millones de personas se vieron
sin hogar y sin fuentes de abastecimientos. El Chile poderoso y
rico, de repente descubrió que existían dos países: Uno pobre y
desamparado que se lazó con fuerza sobre los supermercados y las
casas de los ricos para buscar alimentos; y otro reducido capaz
de encontrar albergue con la ayuda de sus múltiples recursos
acumulados. Pero muchos de estos últimos, a pesar de esos
recursos, de repente también se hallaron en el desamparo al ver
derrumbado sus apartamentos. Muchos edificios modernos de la
capital, supuestos a resistir los embates de un temblor de esa
magnitud, sufrieron derrumbes y rajaduras irreparables, dejando
por el piso el mito de que los reglamentos de construcción y la
pulcritud disciplinaria habían sido implantados con puntualidad
gracias al milagro de las teorías liberales.
No es posible una preparación para enfrentar los
desastres naturales, las grandes epidemias y las disminuciones
inesperadas de los abastecimientos alimenticios, sin la
participación y el control del Estado. Esta organización que
algunas teorías denominan “supraestructura social” fue una
creación de la humanidad para facilitar precisamente, la vida de
los grupos sociales. Sin una organización de este tipo,
conformada en función de sus ciudadanos, los desastres naturales
y de cualquier tipo, serán magnificados y sus consecuencias
multiplicadas, por la incapacidad individual para resolverlos
con la prontitud y la eficiencia debida.